martes, 2 de agosto de 2016

Match Point – Woody Allen.


La gente teme enfrentar el hecho de que puede que gran parte de nuestra vida sea producto del azar, nos asusta no tener el control, así empieza Match Point una historia de Woody Allen, que si bien ya hace un par de años que andaba con vida yo no había tenido la oportunidad de ver, yo no hablo de cine, nada sé, hablo de historias y de los pensamientos que en ellas hay, y así es como yo califico el cine, así es como sé que Woody Allen es bueno y, no sé, el director de Invicto es malo, no de invictus de Mandela y sus muchachos del rugby, buena historia, pero sí la que cuenta cómo unos sujetos se matan en un ring ( no quiero decir que no lo disfrute, de hecho soy un amante del Box y las artes marciales en general, me encanta ver las luchas y el coraje que supone enfrentar antes que  aun rival tus propios miedos) para satisfacer los deseos de dinero y diversión de unos narcotraficantes, eso no ofrece nada, no hay historia, no es nada, prefiero ver combates reales los sábados en la noche, y esta es la última vez que hago esta aclaración inapropiada, no sé para que lo hago, podría evitarme todo esto y hablar sólo de Woody Allen y Match Point, y eso haré.





La historia es la de un hombre, un ex tenista, un irlandés llamado Chris Wilton, un tipo que no se sintió suficiente para estar entre los mejores y decide intentarlo de otra manera, yo lo veo como dejarlo todo al azar, puesto que su oportunidad fue el tenis, donde él sería el único responsable de su fracaso; por más que una bola se quede atrapa en la red y pierdas un partido o un punto o acaso cedas un break, siempre podrás volver a atacar, sin desconocer la influencia del azar, sería estúpido negarlo, sólo intento decir que hay ciertas circunstancias en la vida de cada individuo donde el carácter y la personalidad reduce de alguna manera el margen de azar y son tus acciones las que deciden el juego, es decir,  cuando eres bueno con la raqueta un Ace depende en un 90 por ciento de tu talento en el saque y sólo un 10 por ciento de la suerte, tal vez exagero, de hecho es lo más probable pues me acabo de inventar la estadística, pero para el caso que intento explicar está bien, y de nuevo puedo considerar una relación mental que se da a menudo en mi cabeza y tiene base en el libro de Milan Kundera, La Insoportable Levedad  del  Ser, cuando no asumes la carga y dejas que la vida simplemente sea ella, te mueves liviano como la hoja seca de una Ceiba que se deja llevar por el viento o el azar. 

El viento frio de Irlanda lo llevó al frio y elegante Londres de siempre, a trabajar en un club de gente rica como instructor de tenis, las cosas van bien, aunque realmente siente la necesidad de hacer algo más, algo importante, esa vieja preocupación humana, pero por ahora le va bien, hasta que traba amistad con uno de los hijos de un socio, quien lo invita a disfrutar un poco de la comodidad y la vida londinense, pero claro, la Londres más sofistica, la que va a la ópera en palco o a fútbol en palco o a Wimbledon en palco y conoce a una dulce, tierna, hermosa y rica mujer, hermana de Tom Hewett,  Chloe, con quien comienza a pasar algo, en realidad mucho, Chris llega a amarla y no duda en poder estar con ella, pero siempre hay algo más y en esta oportunidad es la novia de Tom, Nole, una de esas mujeres por las que cualquier sujeto perdería el control y él lo pierde, hacen el amor en un trigal bajo una lluvia helada, supongo, es Londres, ella intenta parar todo y lo hace, pero sólo hasta que Tom la deja por otra mujer  y Chris no puede evitar volver a por ella, en verdad pienso que la pasión es una suerte de azar que te da de golpe en el sistema nervioso, espontaneo; la dulzura y el amor son indispensables y se construyen, pero la pasión y el amor son fortuitos, una suerte o acaso una suerte lujuriosa y honesta como nada en este mundo puede serlo, no hay nada más honesto que la lujuria ( entendida como inocencia de la naturaleza y no como una transgresora patológica )  y la pasión, creo yo, como sea, tienes dos opciones, Chris tenía dos opciones, las dos eran juegos del azar, Nole y la posición monetaria ofrecida por la familia de Chloe, este azar es difícil de comprender, más allá de la felicidad y el amor que Chloe le brinda con sinceridad hay un condicionamiento tácito que la mayoría está dispuesto a soportar porque saben que se harán ricos a costa de alguien y no por su propio talento y esfuerzo y eso es dejarlo todo al azar, así que esas eran las dos opciones supeditadas por el azar. 



La narrativa audiovisual nos lleva a través de escenas sexuales, ternura, amor, pasión, tensión, hasta llegar a un punto sin retorno, donde Nole le pide una decisión que básicamente radica en elegir entre un amor seguro, dulce, tierno, sincero, sin sobresaltos, un amor fácil, ( no quiero decir que todo amor dulce esté libre de pasión o que esté libre de dificultad, pero en el caso que tratamos ahora si lo es ) y además con un futuro monetario sin límites y entre un amor, inestable, apasionado, sincero, puro, dulce, agresivo, difícil, y acá pienso en otro texto de Estanislao Zuleta, Elogio de la dificultad, donde  básicamente nos insta a saber querer, a querer bien, puesto que no podemos huir del querer hay que saber hacerlo y no es lo fácil sino lo difícil lo que es conveniente, hasta en el amor, es algo parecido a la carga que invita Kundera a llevar, es más complicado pero más humano, más llena de aprendizaje y esfuerzo y sobre todo derrotas verdaderas, por el contrario con lo fácil las derrotas son moldeables o las puedes elegir  y hasta manejar a tu antojo, es engañarse a sí mismo, puesto que se puede o no aceptar la condición de tragedia de la vida y al final da lo mismo, por otro lado asumir la tragedia es soportar el peso, es darle sentido a el esfuerzo, es ser un existente puro y responsable de sí mismo, olvidarse del azar aunque siempre este ahí, y no porque nos de miedo enfrentarlo como pensaba Chris al inicio de la película, más bien porque aceptamos la condición de cargueros de muros de concreto, de actores de la tragedia y decidimos reducirle el margen de acción al azar, así al final éste ( el azar ) sea el gran triunfador sobre la vida de Chris, una vez que prefiera matar a Nole y seguir la vida con Chloe, yo tampoco hubiera sabido elegir, yo también hubiera estado atrapado, como cualquier otro ser humano en esa misma situación, con el condicionante de la mediocridad y el azar, así pues, el azar triunfa en él y el viento helado de Londres lo lleva liviano a guardar su condición de asesino, por más que parezca una carga soportar dos muertes y una tercera si tenemos en cuenta al hijo que crecía en el vientre de Nole, un hijo suyo, me parece más una descarga una ligereza, lo correcto era ser un hombre, no dejar nada al azar, como fue el punto culmen en la película, la escena cuando un anillo que Chris robó de la casa de la vieja vecina de Nole, que fue su coartada para matarla, para que todo fuera visto como un robo de un drogadicto que al salir de la casa de la vecina se hubiera topado con Nole y hubiera tenido que abatirla; ese anillo cuando intenta lanzarlo a un rio golpea contra un pretil que lo cerca, como la red de una cancha de tenis y esta vez el caer hacia dentro en su propio campo no significó perder el punto, significó, como en el tenis cuando sacas y golpea en la red y a pesar de todo la bola cae del lado contrario, que el anillo cayera del lado de la acera en vez de traspasar la resistencia de la baranda y caer al rio, significó un punto a favor del azar, de su propia suerte, y esta vez sí, como si fuera la historia real y no la que Chris pudo haber imaginado  un drogadicto termina encontrando el anillo a la vera del rio y como si ese acto no fuera suficiente el azar refuerza su maquinaria encausadora, porque todo tiene que tener una causa y un efecto así sean ficticios, el drogadicto cae en manos de la justicia por un hurto menor cometido días después de encontrar el anillo y así por ser portador de éste ser incriminado de los asesinatos de Nole y la vieja dejándolo  a Chris fuera de consideración en las hipótesis policiacas, así pues, somos hojas secas que se las lleva el viento, es verdad  lo que Chris creía, pero no podemos resignar la posibilidad de reducir ese margen de azar al mínimo posible y hacer lo que puedas para burlar la tragedia de la vida.





Una película de Woody

Los días buenos

Aún recuerdo el aroma de esas mañanas heladas que atrofiaban las articulaciones y hacían palidecer los cachetes que se veían en la penosa obligación de reunir pequeñas cantidades de sangre para darle finalmente un tinte colorado y payasesco a los rostros de mis amigos imberbes y claro, mi rostro no podía salvarse; pero hay unas llegadas al colegio que no logro sacar de mi memoria, siempre antes del alba, por un capricho de Medellín que se empecinaba en amanecer más tarde de lo habitual, oh recuerdo sentirme verdaderamente en mi hogar, las ventanas del salón se opacaban por el aire fresco que se posaba indiscriminadamente sobre ellas, el incesante chirriar de los bichos, la luz encendida y cálida que luchaba contra la inclemencia poderosa de la madrugada en las Palmas, ese era mi hogar entre mis seres más queridos, siempre podía acercarme a Alejo y decirle cualquier tontería o darle un pequeño empujón con mi hombro, ese golpe tierno que nos destruía los cuerpos mientras hablábamos de futbol o canciones de rock que nos daban la sensación de ser un mismo fluir de pulsaciones cerebrales y nos hacíamos dependientes en nuestros corazones y claro, de pronto veíamos un pequeño cuerpo de atleta prematuro y orgulloso tratando de vencer la helada de ese campo hermoso que era nuestro colegio en medio de un verdadero bosque , andando en sus dos manos por todo el salón  como un mono salvaje y ágil y recuerdo sentir una admiración instantánea por ese salvaje y al mismo tiempo; yo que siempre fui el más deprimente y perezoso del mundo; sentía que tal vez eso fuese demasiado para mí, nunca se me hubiera ocurrido intentar algo así y mucho menos si aún no amanecía, para mí siempre sería mucho mejor dejar caer mi cara ojerosa y cansada en el pupitre y mirarlo hacer sus proezas olímpicas.

Mientras esperábamos el turno de nuestro primer verdugo, no sé, sería el profesor de matemáticas, español, ética, daba igual cual fuese; nosotros levantábamos la tapa de madera de nuestros pupitres y encontrábamos ahí adentro una vieja latonería oxidada que guardaba durante la noche en medio de la oscuridad  un libro con canciones de misa, una biblia de bolsillo y tal vez un montón de exámenes que preferíamos no llevar a casa, para evitar en mi caso algún castigo innecesario y en el caso de Alejo y el mono salvaje, o como lo llamaron sus padres , Christi, tal vez los dejaban para evitar halagos empalagosos de sus viejos, aunque de eso no estoy muy seguro, no sé sí ellos preferían dejar sus exámenes en el olvido entre la palabra desgastada de dios y su pequeño libro de vanidades hechas música para su mayor complacencia o llevarlos a casa y recibir algún premio dulce una tarde de domingo, en la que saldrían con sus viejos a pasear, bueno, claro que el mono salvaje no pudo disfrutar por mucho tiempo de tardes familiares, pero eso es algo que a ustedes no les importa y no voy a contar nada de eso.

Aun no terminaba de amanecer y ya podíamos escuchar el ruido distorsionado que nos llegaba desde la sala de rectoría, justo en el momento en el que llegaba alguno de los profesores al salón de clase, había un parlante en la pared que sostenía el pizarrón, encima del cual estaba la efigie de un cristo moribundo y torturado en su cruz, del cual siempre nos contaron que murió por nosotros; agradezco su hermosa filantropía pero no debió tomarse la molestia; y un poco más arriba el parlante homogeneizador que daba rienda suelta a la voz suave y a la vez molesta del padre Daniel o cualquiera otro de nuestros guías espirituales, para ronronear entre el más estricto silencio y temor de dios, el ángelus, supongo que para iluminar nuestras mentes y abrirlas al conocimiento, pero si algo puedo decir es que con la mía no pudo, porque siempre estaba pensando en gambetas de futbol o durmiendo en mis clases, y gracias a la incompetencia de dios en su ángelus no recibí la debida educación popular de la mejor manera, a decir verdad, no sé cómo obtuve mi título de bachiller.
Y claro, siempre llegaba el momento del primer descanso, aunque a mí me pareciera una eternidad, y dejábamos los morrales colgados en el espaldar de los pupitres o debajo del asiento y salíamos a un gran patio que contaba al menos con cinco o seis pinos enormes que hacían las delicias a nuestros pulmones, cada uno en medio de un pequeño cuadrado de césped verde como ellos, y en la parte principal del patio un campo enchapado en adoquines pensado tal vez para evitar que nuestros pequeños cuerpos de niños jugaran libremente y así mantenernos en la más estática de las privaciones del cuerpo, para no caer en pecado, uno nunca sabe que pueden estar pensando estos curas pálidos que nos educaban; pero eso no fue un impedimento en nuestros primeros años, siempre apresurábamos tomar el desayuno y luego nos ayudábamos de cuatro piedras que puestas de a dos formarían las porterías y que disponíamos a una distancia justa para albergar al número de participantes del jugo, para no terminar cerrando las defensas más de lo que deseábamos, y así veía como Alejo desbordaba por las bandas con un quiebre singular de las manos o el Christi haciendo disparos locos como las caricaturas de los súper campeones y bueno, yo pensaba que podía ser algún crack brasileño o colombiano en el peor de los casos y sudábamos como para ganar alguna copa internacional.
Y así pasé los primeros años en el colegio. Los profesores que brincaban de salón en salón al tintineo de las campanas sintiéndose, supongo, unos verdaderos tutores, los guías del porvenir, como Bombermans adentrándose en cada cubículo que podían  y dejando sus pequeñas molotov de destrucción en nuestros cerebros.
Supe de mi educación el día que Alejo me confesó con el más hermoso gesto de su vida que él no confiaba en esa pobre educación, sí, porque este buen amigo mío además de buen futbolista, pensaba y puso en mis manos un pequeño libro; este triste niño perdido que dormía entre descansos y mantenía su pobre cabezota en estado de coma, recibió un buen regalo, estábamos cursando el octavo grado y mi fama de pequeño bueno para nada crecía sin piedad, claro, todos avanzaban, mostraban algún progreso en sus notas, recibían palmaditas en la espalda por parte de los profesores y yo, y yo nada, si acaso sería tema de discusión en la sala de maestros, o la burla de algún vanidoso entre mis compañeros, pero no Alejo, nunca el Christi, así que abrí el pequeño libro, sería un lunes después de algún descanso, y empecé a tener un motivo real para no dormir en clase, supongo que mis profesores no se atrevían a interrumpir mi nueva afición, pues nunca me mereció un llamado de atención o alguna falta escrita en el único libro que redacte en mi vida, El cuaderno de anotaciones(faltas al manual de convivencia).
Fue más tarde en mi vida cuando comprendí lo importante de ese momento en el espacio tiempo, mientras hacía crujir la mecánica de mi cuerpo, ese momento que salvó verdaderamente mi vida, algunos de mis compañeros de clase preguntaban qué carajos  pasaba conmigo, yo sólo me dejé sumergir en ese pupitre que para mí siempre fue un símbolo del tedio y lo transfiguré en una especie de oasis del placer.
Dos veces por semana generalmente los martes y jueves después del ángelus y antes de la primera clase, mis compañeros y yo salíamos por los pasillos que conducían hasta la secretaría y luego tomábamos un hermoso caminito entre tejados de barro y pequeñas columnas de madera que lo sostenían, en un descenso hasta una capilla pequeña que quedaba en el segundo piso de la construcción del seminario mayor, justo en frente del aula máxima y otras tantas veces nuestros pasos nos conducían a una capilla subterránea debajo de la capilla principal, que es una cúpula blanca que se puede ver desde cualquier morro del valle de aburra, Algunos días tenía la suerte mis sentidos de ver caer la lluvia en la piscina que quedaba al costado derecho del caminito que llevaba a la capilla y veía entre la alambrada que nos separaba del agua estancada cómo las gotas rebotaban en el diáfano líquido al tiempo que  el agua caía por los costados del tejado, imágenes que han quedado impregnadas y bordadas en mi corazón solitario.
 Nunca acolité ni una sola de las misas que recibí en el colegio y eso que se podía decir que fui un correcto católico, mis padres hicieron de mi un bautizado más y me llevaban a la misa dominical cada semana en la iglesia principal del barrio el salvador, con ese nombre que llevaba mi barrio como no iba a ser católico, pero es que sentía una especie de desprecio por los tontos hipócritas que se peleaban por ser el segundón del curita. Lo más excitante que viví en una de esas misitas para purificar nuestras almas, fue no asistir a una, cuando bajábamos camino a nuestro rutinario tedio en el templo de dios, alguna fuerza terrenal  y verdadera nos arrebató, recuerdo estar con Alejo y otros cuantos, pero no podría decir exactamente quienes eran, fue realmente una experiencia, sentía como si fuera un escapista verdadero y además un intrépido excursionista, divagamos por la estructura del Mayor, siempre percibiendo ese olor a incienso que no se separa de cualquier lugar donde haya una sotana, llegué junto con mis compañeros desertores a un bloque de habitaciones, donde duermen los acumuladores de semen, que luego serán nuestros guías espirituales; para nuestra fortuna la portada estaba abierta, una vieja puertezuela de vidrio y marcos de metal pintados de un azul corroído por la exposición a la intemperie, pujamos la puerta y descendimos unos tres pisos, hasta encontrarnos con una efigie del beato Marianito que daba miedo, a la izquierda de la estatua fisgona un pasadizo de habitaciones abandonado, sin revoque en las paredes y sin fluido eléctrico, mi corazón latía con fuerza, pero estaba con Alejo y otros de mis colegas desertores , así que superamos el primer instante de estupor colectivo y nos adentramos  en medio de una aprensión vaga pero siempre presente, anduvimos libres entre ese mundo de santos y acumuladores de semen, alguno de mis cómplices nos amilanó diciendo percibir algún espíritu carroñero, supongo, y volamos como desposeídos y temeros de dios por los pasillos oscuros hasta librarnos de las tinieblas del infierno y volver a la luz siempre divina y pacificadora, yo creo que eso fue el demonio, decía uno, yo creo que fue una tontería, afirmaba otro, yo no creí nada, solo corrí y sentí y temblé y supe que fue muchísimo mejor que asistir al banquete de dios. Logramos llegar a tiempo para juntarnos al grupo de los que habían recibido el cuerpo de cristo, claro que el curita nos pilló, nos increpó con la mirada, nos derrotó en la inquisición, pero por desgracia no fuimos descomulgados, al parecer no éramos dignos de tal privilegio o éramos unos herejes poco serios, de todas formas  no dijo nada, y pudimos volver sanos y salvos a nuestros asientos de primera en el tren de la educación.

En esos días tuve mi primera experiencia en un lugar sagrado, era la biblioteca Pio Xll, que quedaba diagonal a la cafetería de Aidé, una señora vulgar y divertida que nos colmaba de frituras grasientas y chucherías en los descansos y en la parte adyacente del Redentoris mater, otro salón enorme para reuniones extraordinarias. La bibliotecaria era una pequeña rana, de ojos saltones, bastante formal  y que tenía unos enormes senos para su diminuta figura, pero ese no fue el motivo por el que entré en  ese lugar antes ajeno, para decirles las cosas un poco más objetivamente creo que nunca presté ni un solo libro, sólo me tomaba unos minutos de mis descansos para pasearme entre los estantes atiborrados de libros, mi cabezota aun no podía distinguir entre una buena lectura o una mala, creo que no hubiera decido, habría tomado el primero, tal vez por lo especial de la pasta o su diseño, de todas formas entraba por ese pequeño corredor hasta llegar a una salita medianamente amplia, pero estrecha por las mesas de estudio un poco exageradas en tamaño, doblada a la izquierda y subía hasta un segundo piso tipo mezanini , dividido por dos estanterías de libros en la mitad y otras dos en cada extremo de la pequeña habitación, me paseaba y tocaba los libros, los olía, daba pequeñas leídas furtivas para terminar descendiendo y juntándome con mis viejos amigos en unas banquitas, que estaban dispuestas de manera que formaban una ele, y que estaban al lado de una virgen que escuchaba todos nuestros sueños de adolescentes o que era testiga de lo que callábamos, aunque ahora sé, que de todas maneras ella nunca hubiera podido decir nada, porque era sólo un montón de piedra y nada más.

Allí pasamos la segunda parte de nuestra vida colegial, entre esas bancas hermosas de una madera fina y hierro forjado, y ahí estábamos el Christi, Alejo que era un pequeño piojo risueño, Parra un gigante deforme y violento que hacías las veces de gobierno totalitario, aunque a nosotros los fundadores no nos importara, sabíamos que alguien debía imponer orden y para eso necesitábamos fuerza y el mostro de cabeza picuda era esa fuerza, y claro, necesitábamos diversión, que sociedad no la necesita y para eso teníamos a nuestro pequeño bufón, aunque muy respetado y querido, tenía una mirada de psicótico perverso y una lúcida memoria en la que almacenaba todos los cuentos más graciosos que pudiera encontrar  en los shows de comedia que pasaban todos los sábados en los canales nacionales, así íbamos creciendo, tal vez las bancas fueron una herencia dejaba por el grupo de mi hermano mayor, ese hombrecito hermoso que siempre ha llenado de goce mi vida, a falta de la presencia de un dios que cuidara de mí, siempre ha estado él ahí, con una mirada dulce y alcahueta que me quiere y guarda de todo mal, pero él tuvo que dejarme sólo en aquel lugar y tuve que hacerme a mi propia comunidad y a mi propia defensa, pero que va, siempre he sido demasiado frágil para eso y terminé fortaleciendo mi vida al lado del piojo risueño y del mono salvaje y la otra horda de animales silvestres que quisieran posarse en nuestro campo de libertad, excepto en con algunos animales que considerábamos tenían un olor más nauseabundo que el nuestro, como ese cerdito llorón que padeció la indiferencia y crueldad de unos adolescentes  descuidados y tontos como cualquiera otros .

Tres títulos en micro futbol, dos subcampeonatos en futbol y un título, y los encuentros con nuestros verdugos los martes y jueves en el largo corredor de asfalto que era como una gran alfombra de cemento entre la cúpula y el teatro, creo que nunca antes un equipo perdió tantos partidos en la historia del futbol como el nuestro, claro, las excéntricas y egoístas pretensiones del Christi, que apenas sus pies tocaban el balón era lo mismo que darle una señal a sus ojos de clavarle una mirada violenta al asfalto y tomando la actitud de un toro desbocado y ofendido cruzaba a lo largo de la cancha improvisada con la única intensión de volarle la cabeza a una especie de gorila bocón, que se plantaba en la portería de nuestros rivales y que nos impedía cada intento de marcar un gol, así pues nuestro equipo quedaba reducido a un arquero que cada tanto nos traicionaba con un autogol, ese era el bueno del Che, y a lo que podíamos inventar entre las combinaciones mágicas del piojo y el zombi ojeroso que era yo, un pobre, frágil  y lánguido muchachito que creía jugar el mejor futbol del mundo pero que estaba en el peor equipo de todos.

Teníamos nuestro momento para crear escenarios de caos, un desorden cómico y espontaneo sucedía en el corredor principal del baño, un salón bastante grande que se repartía entre duchas y orinales a la izquierda y retretes a la derecha, cada tanto, luego de la jornada deportiva tomábamos una ducha, nos acicalábamos un poco, yo aguardaba para darme un último sueño en la clase que me esperaba, pero claro, cierto día entendimos que no debíamos ser los primeros, que siempre podíamos quedarnos tirados un rato hablando de lo mal que jugamos, nos sentábamos recostados contra la pared que daba frente a la entrada del baño y mientras esperábamos que las duchas se vaciaran nos dábamos la buena vida, no estoy muy seguro de como sucedió en primera instancia, supongo que algún alumno desafortunado fue el primero en caer, todo por las peripecias mojadas que puede provocar la ducha de 150 deportistas del más bajo nivel conocido, sólo recuerdo ver caer a alguien justo en nuestras narices y provocarnos un delirio risueño, y claro, éramos unos malvados y quisimos intencionadamente hacernos los verdugos de todos, así que no sólo mojamos el corredor, además lo volvimos una pista enjabonada y verdaderamente extrema, que nos dio las delicias de unas cuantas tardes, al ver caer uno, dos, tres y muchos otros tantos en frente nuestro y siempre podíamos hacernos los preocupados o simplemente soltar las carcajadas más sínicas que cualquier victima pueda escuchar.

Fue un flujo de casualidades el que me llevó a estar cinco años entre montañas en el mejor lugar posible, la misma casualidad irresponsable que me hizo nacer, la misma casualidad que hizo que este pobre primitivo se adhiriera a otros salvajes anacrónicos, perdidos en este tiempo pobre y hostil, desgastado por el espectáculo triste que se ha tomado la vida de todos los seres de esta Medellín avanzada y pasmosa, que nos come los días, que te mata de tedio si la dejas avanzar, esta Medellín que se olvidó de ser primaveral y se volvió adulta, lerda y demasiado seria para mí que soy un vagabundo de historias.

Pateamos, corrimos, hicimos goles, nos hicieron muchos, estudiamos, no estudiamos, nos hicimos los vagos, recuperamos notas, dormimos, uno de nosotros leyó a Nietzsche en la cúpula hedionda y blanca y orinó el cuerpo de cristo, eso obtuvo por querer salvarnos a nosotros que no necesitamos ser salvos de nada en este mundo, como no sea de caer en las manos de los tontos satisfechos y honorables, en las manos de los paisas verracos y católicos, dos de nosotros profanaron el parlante del ángelus con hermosas canciones de rock, uno de nosotros caminó largas trochas, sobreponiéndose a las adversidades para encontrase con los otros dos en ese lugar en el que nos educamos, nos encubrimos, nos emborrachamos, crecimos, nos hicimos adultos, pero antes de ese fatídico improvisto del destino que nos hizo crecer, tuvimos que soportar las decisiones de unos cuantos que quisieron alejarnos, y yo tuve que entrar al salón de clase una mañana, con la cabeza baja, el corazón ensanchado de miedo, las manos frías y los ojos tristes, tuve que volverme un hombre en ese momento, levantar la mirada, verlos a ellos, andar hasta mi lugar tomar mi morral, dejar ese lugar vacío,-- dije—me voy, se cortó mi voz  en un penoso  espasmo, la garganta se me atraganto, me sentí víctima de un estrangulamiento público, mis ojos soltaron las lágrimas ineludibles y creí que los había perdido, que había perdido, que habíamos perdido, pero claro, que va, yo no estaba perdido, un piojo desarreglado y destrozado brinco justo en mi cabeza, se enredó en mi pelo me dijo que no me perdiera, que tranquilo, que no era nada, que ahí nos seguíamos oliendo, y yo no dije nada, me derrumbe como lo que era, un pobre zombi debilucho y luego llegó el mono salve y lloramos por mi muerte simbólica, no lo recuerdo, tal vez una hora y fue en ese momento cuando supimos que éramos tres buenos amigos, supimos que seguiríamos con lo demás, que seguiríamos embriagándonos  y recorriendo las calles de Medellín, estando ahí, para esto, para todo, para ser los mejores sujetos en esta podrida ciudad.


Dedicado a mis dos buenos amigos.

martes, 26 de julio de 2016

El lobo interno - El lobo de Wall Street de Martin Scorsese.


El hombre es un animal vergonzoso, dulce , inefable , inocente de ser lo que es y por eso tal vez se le pueda perdonar su actuar, pero no deja de provocar hastío verlo sumergido en las aguas de su lamentable lascivia, y no es que pretenda alabar a los pocos virtuosos, o mejor dicho, a los que del otro lado de la cara, niegan la vida y sus instintos, por temor a ser esclavos del placer, porque simplemente su virtud radica en un error más grande que ser unos sedientos animalitos, el error divino.

El lobo de Wall Street, es una inyección de adrenalina, es un estimulante visual, estar viéndola dilata las pupilas igual que prenderse un “porro”, alimenta las más bajas pasiones humanas ,el dinero y sus consecuencias . No hay moraleja, es una película sin moraleja y eso sin duda es algo para agradecer. Lo que sí es, es un reflejo fiel, del lobo salvaje y depredador que duerme en medio de nuestro vientre, encerrado tras las pequeñas fauces de humano y disfrazado de Manzo cordero ya sea con una buena mascara de cristiano,protestante,musulman,esposo,esposa,padre,madre,hijo,hija y cualquier sustantivo que oculte al lobo, la gran bestia.

Yo no sé nada de cine, pero sé, por las pocas producciones que he visto, MALAS CALLES, LOS INFILTRADOS, PANDILLAS DE NUEVA YORK, TORO SALVAJE, que Martin Scorsese es uno de los mejores cineastas del planeta, un sujeto que se mueve entre la sed y el hambre humana de devorar, alimentarse y joder a otros humanos, es un tipo que entiende perfectamente al animalito humano y lo refleja lo más fielmente posible. Él sabe que somos lo seres más deplorables, volubles, manipulables, estúpidos y tiernos, sabe que somos el error máximo, el insatisfecho, el humano.




La otra parte, la otra mitad que compone la rueda de la gran maquinaria, y digo la otra mitad, porque aunque la maquinaria se vale por sí misma, sin humanos valdría una mierda; es el modus operandi del mundo, lo que nos dejó la segunda guerra mundial, el legado de la muerte y la destrucción; Resurgir a toda costa, sin límites y alimentando la bestia. Así que a unos cuantos, se les ocurrió que podíamos hacernos ricos, promoviendo el consumo y el despilfarro, promoviendo al lobo. Y es ahí donde cada oveja es un potencial de bestia, es ahí donde la lascivia se apodera del planeta y junto con la dosis adecuada de estupidez, nos devoramos el mundo. Yo me cago en los virtuosos, me cago en los ricos, como me cago en los pobres y en los sedientos. Nuestra historia es una vez más la historia del pobre de Sísifo, que nunca da fin a su ardua labor, porque no se da cuenta que podría burlar o retrasar su destino, si en vez de llevar la piedra hacia lo alto de la montaña, como un burro de carga, levantara un santuario a su roca, justo en medio de la montaña y se dedicara a tallarla y a crear una escultura; la grandeza del hombre está en negar la virtud y en negar la sed, la grandeza del hombre está en saber alimentar el placer, pero nunca satisfacerlo, por convicción, por sabiduría, para no ser la burla de la naturaleza, para evadir el gran engaño de la vida, es decir contener la energía, sabemos que vivimos atreves del placer, y que somos lo que somos porque “queremos” porque tendemos a algo( según nos enseñó Schopenhauer), pero la cuestión es saber querer, Quien putas quiere satisfacer sus deseos más inmediatos, para ser un animal  triste en menos de cinco minutos, si puede ser un hacedor de arte, en el acto sexual, en literatura o música? Eso es levantarle un santuario a la roca en medio de la montaña, eso es tallar una escultura. Quien quiere conseguir toda la mentira que el mundo ofrece, si puede tumbarse a leer un buen libro y obtener todo lo que los muertos aprendieron? Eso es evadir el engaño de la vida, de la naturaleza, eso es un querer inteligente, sabemos por último que el no querer es imposible y por eso los virtuosos son una falacia, porque el no querer es la muerte, pero podemos querer mejor.




Un tributo al lobo de Wall Street y a la lucidez de Martin Scorsese. Una película que vi ayer.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Escorpio City, Mario Mendoza





Algunos de nosotros sospechamos en algún momento de nuestras vidas, que lo que creemos nuestro, lo que hemos construido o hecho de nosotros, puede ser destruido sí nos topamos con fuerzas superiores a las nuestras, el mundo, el sistema nos permite ser todo aquello que queramos menos peligrosos para su funcionamiento, lo cual es una limitante bastante significativa y desesperante, significa que si no eres lo que la máquina quiere estás en contra de ella, y significa que debes ser eliminado por la selección artificial del sistema, sé que Cortázar no lo dijo con este sentido pero aplica, incrustados en la especie, serás lo que debas ser, sino no, no serás nada, el sistema es fascista, dictatorial y poderoso, ostenta una verdad universal inquebrantable capaz de aliarse con los más horribles y despiadados propósitos si eso les lleva a cumplir sus objetivos, Leonardo Sinisterra es un detective de Bogotá, trabaja para la policía como agente secreto y tiene en frente una serie de crímenes de prostitutas que va en orden ascendente a través de las doce casas zodiacales, un circulo perfecto de terror, lo importante aquí es el fascismo que se esconde tras los crímenes, se trata de una secta religiosa, Los Cristianos del fin de milenio, una organización internacional de fanáticos de la podrida moral cristiana, que tanto daño nos ha hecho, enloquecidos por limpiar el buen nombre del hombre, barriendo con cada prostituta, travesti y drogadicto callejero pecador que atente contra el buen legado del hijo de dios padre todo poderoso, Jesucristo redentor y salvador del mundo, amén, pum, plomo para todo aquel que esté en contra de dios. Y bueno, para todo aquel despistado que crea que la bestia es esta pobre secta infecta de fanáticos debo declarar que se encuentra en un grave error, la secta sería no fácil pero de cualquier manera posible detenerla y aplicar los correctivos judiciales pertinentes y salvar al mundo de tan piadosa empresa , pera la bestia tiene buena cara, es más, usa corbata y huele a lo bien, traje importado, y nombre bonito, se hacen llamar servidores públicos, pero bien sabemos que son servidores privados, ahora sí, de la bestia indestructible, de una que no comete errores y sabe sobornar todo cuanto puede, La economía de mercado, la gran bestia, que logra lo impensado, que el servidor público se de la mano con la secta religiosa de fanáticos pulcros y den la orden de limpiar la ciudad de Bogotá y otras cuantas, muchas en el mundo, pum, plomo de corbata y plomo cristiano, unidos por el bien del mundo, pobres sectarios imbéciles, prestando su fuerza de trabajo al dios dinero cuando creían servir a su patrón celestial, hay que borrar a los que desangran la economía, a los que sobreviven y tienen vidas desgraciadas por haber nacido en la pobreza, a todos los que el hambre se les consumió el cerebro, y no es culpa de ellos, el hambre no deja tiempo para pensar o para provocar el pensamiento a través de la lectura, el hambre no deja ni vivir, apenas alcanza para vender el cuerpo que es lo único que no han podido monopolizar los que ostentan el poder y otros cuantos quizá más dignos pobres, prefieren huir, meterse drogas hasta por los huesos, toda la fauna inepta incapaz de competir, incapaz de prosperar en un sistema que ofrece oportunidades sólo a los que tienen dientes filosos y garras afiladas, oportunidades para los que nacieron en la oportunidad misma, para los que tengan ciertas habilidades que el sistema demanda, porque muchos de los fracasados también han nacido allá arriba, pero son tan distintos los pobres, que no pueden competir, Sinisterra es un mártir de la decencia, un hombre culto que busca frenar la maldad que nace del odio a la diferencia, el odio que nace de la triste ignorancia de creerse dueños de una verdad universal, cuando verdades hay muchas y ninguna, un mártir de la decencia que supone el querer luchar por sus propios sueños, Sinisterra quería dejar ese trabajo, volver a sus estudios de Antropología, cruzar la línea del conocimiento, hacerse libre cuando encuentra el esfuerzo por abarcarlo todo, caminando hacía la utopía, que para eso sirve, según escuchó Eduardo Galeano decir a un buen amigo suyo, la Utopía sirve para eso, para caminar, Sinisterra fue un mártir de una moral nueva, de una moral que trabaja para el hombre y por el hombre y se ha olvidado de las trabas celestiales, y también de las trabas venales, pum, tirado a un manicomio para que el pobre loquito no pueda decir que hay crímenes horribles que cometen los políticos en común acuerdo con una secta religiosa, la maquina tiene el arma más poderosa de todas, la censura, el apagar las voces que quieren gritar  ¡ Hijos de puta ! , porque hijos de puta no hay y por esa las matan después de que ellos mismos las han creado.

La ciudad es una jaula y los ciudadanos la jauría descontrolada, mal informada y manipulada que se desboca día a día, frente a los discursos políticos y las heces hediondas que caga la televisión cada día de la existencia, proclamando el  discurso fascista de la economía de mercado, que promete mucho, un paraíso de buen vivir y a cambio regala hambruna, desquiciados, enfermos y pobres mártires que cuando no pueden callar o huir son silenciados e invitados a participar del paraíso de los mudos, de los mudos muertos.

Así que si empiezas a sospechar que todo lo que has construido va en contra de la gran bestia será mejor que te prepares para resistir y luchar hasta el final, porque no habrá tregua, si alzas la voz te pueden mandar a una buena secta de cristianos para que te eliminen por ateo, porque dios y la patria van primero, y dios consigue votos y vos hombre de la nueva moral del hombre y para el hombre no conseguís nada, y si te vuelves un problema, siempre habrá una buena excusa que justifique tu deceso, aunque las armas de que disponemos los hombres sean tan fuertes, nunca habrá un triunfo del hombre, con sus múltiples verdades a bordo, sino seguimos persistiendo en pensar a pesar de que nos monopolicen el cerebro, y bueno a pesar de todo vivimos en sociedades laicas, al menos en apariencia, y somos libres al menos en apariencia, y buscamos, nos buscamos a pesar de todo, para los que creemos que somos libres de hacer con nuestra vida cuanto queramos como una consigna moral, una moral que contiene al hombre, siempre habrá lucha, y claro, tal vez no sea todo tan trágico y la verdad no haya nada que conspire en nuestra contra cómo no seamos nosotros mismos, y mientras no nos metamos con el dios dinero, el nuevo hombre podrá llegar a existir, creo que me he desviado un poco, sólo buscaba decir que Sinisterra se topó con fuerzas más poderosas que él, que lo queramos o no existen, y nos hacen sentir impotentes, pero ningún dios es tan poderoso, ni siquiera el dios dinero , para evitar la liberación individual  de la opresión, muchas individualidades juntas podrían construir no una sociedad, que siempre termina siendo partidista, pero sí un mundo colaboracionista que trabaja para el hombre y evite el horror de trabajar para el mundo .

sábado, 1 de noviembre de 2014

El último Acto

El frió del amanecer se cuela en mis huesos tan profundo que siento crujir todo el esqueleto bajo la chaqueta de algodón, las manos escondidas en los bolsillos de mis pantalones jugando con una cajetilla de cigarrillos, me dejo caer contra una columna que se ofrece dócil en su quietud o en su lento degenerar hacia la nada, como mi abuelo que está ahí, empezando su última resistencia a la descomposición,  esa que empieza desde el día de nuestro arribo al torrente de la vida. La sala toda oscura y el féretro sudando gotas frías rodeado de cuatro velones inútiles que nos avisa donde está el muerto, si supieran dónde está, o a dónde no ha ido por lo menos, y así evitarnos este circo, la representación sombría, el último acto.

Las caras cansadas, agotadas de tanto llorar, los parpados caídos, la mujer de los tintos que acaba de llegar, limpia, oliendo a jabón, aséptica, se pasea por cada una de las 9 salas, todas con su muerto, todas con su escenario de la tragedia, celebrando acaso su pronto encuentro con la amplitud y vastedad de la nada absoluta, pero no, la esperanza, hay que tener esperanza, me dice unos de mi tíos, al tiempo que agarramos una agua aromática para luchar con el frio, Dios es muy bueno mijo, mi papá va estar bien; le digo que sí, que seguro; La esperanza mijo, la esperanza, me repite, mientras me da un golpecito tierno en la cabeza, como dándome ánimos, sólo que no los necesito, para qué, lo que necesito es una cama y tirarme acaso para siempre en su lecho, descansar de la esperanza absurda de mis tíos, de la pobre esperanza de mi viejo, mi pobre viejo, ni siquiera puede llorar, sacar todo lo que tiene adentro, apenas si lo veo, agarra su candela y un cigarro, de paso se encuentra la mujer que sirve el tinto, le sonríe  ajena a todo,  representando su papel lo mejor que puede, si fuera de otro este circo dónde sólo tuviera que fingir dolor, entonces me reiría , pero no, hoy no, es mi abuelo, nuestro dolor; mi viejo se va con su tinto y su cigarro a refugiarse donde pueda pero no lo veo llorar, se acerca a la fuente rebosante de agua que está al salir de la sala, en medio de un jardín colorido, inapropiado para tanta muerte, con sus pájaros visitando sus pistilos y un árbol frondoso y verde se ofrece como refugio en las mañanas heladas y es ahí, enciende su cigarro, lo aspira profundo y se le contrae la cara, parece que va a ceder, que por fin llorará, que su corazón se destrozará por fin, pero no, es sólo una aspirada fuerte, desgarradora, áspera ,casi insoportable y se alivia apenas exhala el humo de tabaco molido de su cigarro mentolado, lo veo hablar con una de las tías, la abraza, pero en realidad parece que es ella la que se lanza desesperada a sus brazos buscando consuelo , le flaquean las piernas y mi viejo la ayuda a sentarse en la banquita de madera, fresca, rebosante de belleza, sudando también gotas heladas que se pegan a las piernas de mi tía, mojándola toda, las lágrimas su cara, y el llanto de la banca sus piernas, toda desolada y temblando bañada en una miseria y un dolor que visto desde acá, desde donde me encuentro, entre un arco viejo de madera que da la bienvenida a la sala de mi abuelo, bueno, la que es de mi abuelo para su muerte ésta noche; viéndola desde acá, se ve ridícula, sobre actuada, en mute, con gestos demasiado elaborados para tanto silencio, con ese traje de lana que es un imán de motas de basurita, desteñido, pobre, como su actuación de ésta noche, pobre, pobrísima, un remedo de telenovela, absurda.

Ya empiezan a llegar los otros, los amigos de la familia, los amigos de los amigos de la familia, los vecinos del barrio, los amigos de los vecinos del barrio, todos, los otros, a importunar a los deudos con sus miradas de lastima, con sus frasecitas gastadas de tanto velorio, de tanta muerte que han visitado,  dichosas ellas que se van a poner su traje negro, por fin, por fin se muere alguien, y se visten muy jocosas y muy coquetas y muy tristes también, por el muertico, pero a ver cómo me queda, la más linda del entierro, no ?. Y ya están pensando en las novenas, en llenar la casa del muerto después de su muerte, como asegurándose presencias en su propio funeral, desesperados todos, apeñuscados, apretados, pululando en casa ajena. Y así llegan también hoy, en la mañana helada, buscando puesto, una sillita o al menos un rinconcito, se van esparciendo por toda la sala, van pasando a mirar a mi abuelo, de a uno, en orden, haciendo fila, empujándose suavecito, con impaciencia, haciendo crecer un murmullo de tertulia, pero triste, apagado, interpretando  su papel, no como mi tía.

Me duelen los huesos de las rodillas, el frio ha calado hondo, hondísimo, hasta mi alma, congelada toda, inerte, inexpresiva, más muerta que mi pobre abuelo. La tía se deja caer por fin, agotada por sus movimientos exagerados, desmadejada como una sábana que se tira al suelo para reemplazarla por una nueva, limpia, con olor a jabón de flores, así queda ella vencida por fin, recostada contra el costado plano de la fuente, los ojos cerrados, tiesos.  Camino hacia al jardín que rodea la fuente, para intentar calmar mis pobres rodillas, miro al viejo, le digo con los ojos cuanto me duele, que yo soy como él, una masa de concreto petrificada, ahogada, sólida, inquebrantable, pero viviente irremediablemente, busco en mis bolsillos un cigarrillo arrugado de tanto jugar con él, lo enciendo, casi feliz, una felicidad contrastante con tanta opacidad, una felicidad  pálida, la felicidad de un cigarrillo, apenas poca, pero mucho ahora, aquí, en el amanecer de un muerto. Ahí está doña Teresa y su esposo Jacobo, rezanderos, los hermanos Estrada Bello, las viejitas insoportables de la casa de la esquina, siempre rajando balones de fútbol o lanzando baldados de agua fría que los muchachos del barrio agradecíamos y nos reíamos, sudorosos, ahí están vivas todavía, la expresión de cansancio con la vida, esos ojos lúgubres que esperan la muerte, con la camándula en la mano, arrepentidas de todo, hasta de echarnos agua, la vejez no es un premio, no hay recompensa en la vejes, sólo miedo y sufrimiento. También están los hijos de este batallón de ancianos, indecisos, indecorosos, inapropiados con sus pequeños hijitos inquietos, maldiciendo tener que venir y los entiendo, un mal acto, un mal circo, todos desperdigados por la sala, hablando con sus mujeres o en pequeños grupitos, las damas a un lado y los hombres al otro, tomando tinto o agua aromática, fumándose unos cigarrillos, todos esperando que amanezca, que llegue el carro por mi abuelo y se lo lleve a un hueco húmedo, helado, oscuro de donde ya no saldrá nada, donde terminará de ser por fin.

La sala es bastante amplia, como para albergar 250 o 300 personas, hay sofás bordeando todo el lugar, dos baños apenas entrando, uno de damas y uno de caballeros y una salita de descanso justo detrás del féretro de mi abuelo que también tiene su baño, otro sofá y una cama doble para desmallados o para tías sobreactuadas, pero nadie parece querer ir allí y olvidarse por un rato de todo, de la tristeza que es tan pesada y absurda. Ya empieza a salir el sol y me estorba la chaqueta, los pantalones, los zapatos, quiero mandar todo, todo al piso, dormir, descansar, tal vez soñar pero no puedo, no puedo tumbarme en esa cama, no puedo descansar con ese olor a incienso a iglesia a muerto. La funeraria está cerca de casa y me escapo subrepticiamente, como el humo pálido de un cigarrillo, etéreo, así me pierdo con el cansancio pesándome como un bulto de cabuya, de esa cabuya que mi abuelo desmembraba y que cortaba sus manos de imberbe para sopesar un poco la pobreza absurda en la que nació, la pobreza en la que conoció a  mi abuela, también tirando duro del árbol de cabuya, rasgándose las manos, sangrando y sufriendo desde siempre, tranquilo abuelo, yo me llevo ese dolor a la cama, yo voy a descansar por vos abuelo, yo voy a revindicar tu sufrimiento y me tumbo en mi cama, derrotado, como siempre, la derrota es la condición humana primera, una marca inasible, inaudible , infranqueable, insoportable , indeleble , indecente e indebida, nadie merece nacer para ver tanto dolor, tanta derrota, tanta miseria absurda, innecesaria, in.. los ojos me pesan, los pensamientos me adormecen hasta la ataraxia, la única posible y verdadera en este mundo, la placidez del sueño. Lo veo, está ahí, mirándome con esos ojos de santo ,vidriosos, puros, ahogados, tristes, nunca soporté los ojos de mi abuelo, siempre fue un hombre sencillo, callado, calmo,  lo más parecido a un santo. Mi abuelo me ve y me dice, Mijo,  Mijo, y se queda en silencio, mirándome casi como un niño, como lo que fue toda su vida, un hombre que nació, vivió y murió en Antioquia, un pobre hombre ciego y derrotado, un santo, pues. Me llama, Mijo, Mijo. Lo veo sentado en esa silla mecedora de mimbre, viejísima, la que mis tíos una vez le cambiaron por una rimax roja inmóvil, estancada, atada a ese suelo del balcón y que él no se atrevió a refutar, un santo mi abuelo, lo veo ahí meciéndose plácido, sin pensamientos, en blanco, un santo, pues.

De la sala de velación a la iglesia, el rito mortuorio, el segundo acto, los deudos lloran desconsolados , tristes, yo llego ya avanzada la ceremonia, murmuran mi indecencia, la tía sobreactuada me ofrece una mirada acusadora, yo apenas si la veo, no soporto este circo, no soporto el escenario, quisiera llevarme a ese santo lejos de tanta vanidad, pero no puedo, no puedo interferir , el acto es uno solo y termina al bajar el telón y lloro desconsolado, por fin lloro, sentado atrás, en la última banca, de la última fila, al lado de la última escena del via crucis, un Jesús resucitado , la mentira piadosa, lloro por la esperanza absurda de que mi abuelo resucite y viva en el paraíso de los piadosos, de los hombres desquiciados que fueron santos, lloro, los despreciadores de la vida.  El féretro cruza la iglesia, arrastrado por cuatro hombres que cargan muertos para alimentar vivos, por primera vez el llanto es unánime, libre de intrusos, lamentable, lúgubre, el llanto es la soledad máxima y aun así se juntan todos en un grito sostenido, un llanto continuo, inabarcable, miro a mis primos y mi hermano retorcidos en las bancas de madera, mis tías encorvadas con las cabezas metidas entre las manos, mojando los vestidos negros, haciéndolos ver más desolados, mas fúnebres, adecuados para el momento, los tíos al pie del féretro lo retienen, quieren verlo, decirle que abra los ojos, que la muerte no es verdad, que no hay eternidad, que se quede, eso quisiera yo que le dijeran, que le gritaran, eso es lo que pienso, pero no es verdad, lo que quieren es gritarle que los cuide, que los espere, que ya todos morirán, pero no son tan santos, ni tan puros y mi abuelo se va a podrir en la soledad  de los inmaculados.

Al fin el último acto, el campo verde, amplio, lleno de árboles frondosos pletóricos de vida, pero no, nos adentramos en busca de la bóveda, el campo atrás, la vida atrás, veo a mi abuelo entrar con su figura pesada, como lo vi por última vez, cruza la sala toda, mientras presencia las letanías ahogadas de un desconocido que ritualiza el dolor, lo veo sentado, la pierna derecha cruzada sobre la izquierda, la mirada insoportable me derrumba, no sólo yo le veo, mi tía se contrae por fin, con naturalidad, mi abuela impávida lo mira desde lejos, mi viejo me abraza queriendo abrazarlo a él, la bóveda se cierra, las llamas se encienden, los corazones se derraman, la vida se revela por fin, para esto nacimos, mi abuelo es ceniza, sentado ahí en medio de un lamento insoportable, tanto, como la pureza de sus ojos. Damos media vuelta y él se queda sentado mirándonos partir, compadecido por nuestro dolor, entendiendo la vida al fin.

Dedicado a mi abuelo, que descanse en la paz del silencio.





domingo, 28 de septiembre de 2014

Síndrome de Abstinencia

Estoy aquí, estancado, rascándome el ombligo, saco cada bolita de lana, tengo una bolsa llena de ellas, no sé qué hacer con ellas, no sé en realidad que hacer, nunca.

Es mí día 9125 en este mundo rotativo, he vivido 219000 minutos y me he fumado 365000 cigarrillos contando este, la vida no sería la misma si no pudiera aspirar estos pequeños tubitos nicotínicos, tener que soportar un segundo más, y saber que vivo, al menos cada aspirada de mi tubo es una cuota para mi muerte. Miro mi rostro pegado al otro lado del espejo, levitando en un charco cristalino, dos horas, miro los pómulos, las cejas despobladas, el pelo enredado de mugre, una semana estancado en este apartamento sin ducharme nunca, una barba despoblada que se insinúa como puede, lo intenta, apenas siento un hedor penetrante que sube de entre mis piernas, calcitrante, roedor, felino, fétido, putrefacto, podrido de mierda.
Otra vez la puerta, dos, tres golpecitos suaves primero, luego uno fuerte, desesperado, al final uno más, resignado, triste, melancólico golpe final. Al rato el ring insistente, devorador, intempestivo, insistente, repetitivo, insistente, repetitivo, insistente, repetitivo, intempestivo, devorador. Estoy muerto, pienso que estoy muerto, la muerte no es necesariamente inerte, inmóvil, puede ser esto, placidez, una placidez derramada en un sofá, respirando nicotina, eso es la muerte que vivo. Estar inerte, uno que se mueve, que va al trabajo; otra forma de estar muerto, hacerle el amor a una misma mujer, durante 60 años,sin amar en ella mas que su cuerpo o peor aún amándolo sin remedio, una muerte sexo – mecánica aguda. Quién vive? , dónde están los cuerpos firmes? Los corazones rojos, henchidos de deseo? Sólo veo desgaste y placidez, la muerte.

Abro la puerta, no hay moros en la costa, ni a diestra o siniestra de mi cabeza, tampoco se ve a nadie, ningún moro en las escaleras que van al piso de arriba, salgo un poco, medio torso, me voy inclinando lentamente y gateo hasta las escaleras que van al piso de abajo, meto la cabeza entre dos de los barrotes de madera, como un perro, pienso en mover la cola, no hay moros en la costa, me vuelvo gateando, pienso en dar un pequeño ladrido, cierro la puerta.

Ya antes estaba muerto, esto sólo lleva una semana, antes hacía cosas, iba de un lado a otro, muerto, pero iba, llegaba, hacia. Sólo que no entendía mi muerte, creía que estaba viviendo una vida, la mía tal vez. Creía, creer que se vive, cómo pueden creer que se vive? Es que no ven al que va al lado en el bus, al que camina a su lado en la acera, al que busca mujeres en un bar, al que trabaja a sus lados, acaso no ven nada? Creer que se vive es la muerte primera, yo ahora, aquí estancado, varado en este apartamento, puedo creer que vivo y me ahorro el esfuerzo, levantarme, ducharme, ir al baño, ducharme otra vez, ganarme la vida, pagar por sexo, casarme, pagar por sexo, creer, trabajar, el bar, el cine, las calles, los bares, los cines, creer, creer, todo eso me lo puedo ahorrar, aquí varado en medio de Medellín, estancado, mirando acaso el cielo, cuando cae la luna, salir el sol, caer la luna, salir el sol.

Otra vez la puerta, dos, tres golpes fuertes, furiosos, exigentes golpes, uno más que parece que tirará la puerta al suelo, me asusto un poco, me acomodo en mi sofá, me subo las medias, me cubro el cuerpo con la sábana, me quedo mirando la puerta, estático, pensando que en cualquier momento la puerta se viene abajo, pero ya no se escucha nada, pienso que podría acercarme como un perro, en cuatro patas, mirar por debajo de la puerta, olisquear un poco, pero no puedo moverme. mis ojos pegados a la puerta, dura, fría, de una madera muy resistente, nada la hará ceder, intento decirme, suelto la sábana y me acerco un poco, no sé qué hacer, nunca sé que hacer en realidad, decido auscultar la puerta, escuchar el viento cortado por un cuerpo al otro lado, pero nada, lo hago casi como un paramédico, bien junto el cachete al corazón anhelante de la puerta, siento como poco a poco el frio de la madera sede al contacto de mi cara, se empieza a poner resbaladizo por el sudor, no sé cuánto tiempo llevo así, escuchando el latido apagado del pasillo, imaginando que del otro lado hay otro cachete, otra cara pegada a mi puerta, en silencio, esperando que yo me descubra, que abra la puerta satisfecho, victorioso, entregado. Pienso que podría abrir el ojo mágico, dar una mirada rápida, de soldado atrincherado, buscar a mi enemigo del otro lado, saber lo que hace, obtener ventaja de panorama, hacer de espía  para esta guerra fría. Despierto tirado al lado de la puerta, no cedí ante mi enemigo, terminé derrotado sólo por la flacidez de mi cuerpo cansado, agotado, no supe el momento preciso en que caí al suelo, tal vez  intenté mirar al pasillo por el traga luz de la puerta, ya mi último esfuerzo, cediendo al sueño, pero firme al frente como un soldado raso, la cara pegada al tapete, las manos un poco hacia adelante apoyándome en el suelo frio, ofreciendo el culo a la luna que se veía tras la venta, la luna iluminando mi culo inclinado, una situación lamentable pero necesaria, tal vez estuve un rato así, inmóvil, respirando el polvo del tapete, aguantando las ganas de estornudar, los ojos lloros, el sueño, la derrota.
Un muerto siente hambre cuando las tripas descompuestas escupen gusanos, una arepa, chocolate, huevos fritos, queso , galletas ,tostadas , quería todo esto, quería poder comer un poco, recuperar fuerzas, sentir la esperanza renaciendo dentro de mí, volver a creer que vivo, si sonará al teléfono de nuevo, justo ahora, tomaría la bocina, diría algo, oh, llamar a casa de mis padres, pedirle a mi vieja que haga ese desayuno que anhelo, que mate los gusanos en mis tripas, luego podría leer, ir al cine, buscar una buena mujer, o buscarla a ella, traerla de vuelta, volver al trabajo en el centro de la ciudad, buscarme un ascenso, subir de nivel, prosperar en la ciudad, tragar, vomitar, volver a tragar y seguir vomitando para subir de nivel, para ganarme un lugar entre los ciudadanos, ser.

Creo que caí al suelo antes de poder hacer algo, me despierta el sonido insistente del teléfono, debe llevar así al menos una hora, casi pienso ceder a levantar la bocina, escuchar la rabia al otro lado, las recriminaciones, tener que decir lo siento, dar explicaciones, decir que no soporto la falta de seriedad de la vida, que no es para tanto, que haga un esfuerzo por entender, que no es tan difícil, que mire al lado, las luces de las casas encendidas, los hospitales pariendo niños, los cementerios cultivando gusanos, la televisión publicitando, los televidentes pasivos, ofreciéndose dócilmente, que entienda ,que no es tan difícil entender, que haga un esfuerzo, tener que dar explicaciones, decir que todos están muertos, tener que decir que la vida no es seria, es que no se da cuenta? Y luego tener que aguantar el sonido ensordecedor de la bocina al otro lado golpeada contra una mesa hasta que se rompa y suene un pito o tal vez nada. 

Casi llego a la cocina, la veo con el ojo izquierdo, el otro está muerto o no puede ver nada, la nariz corta todo el campo de visión posible para el ojo derecho, me quedé tirado a medio camino de un desayuno, otra vez derrotado por el cansancio de imaginar lo que pasaría si levantara la bocina del teléfono, no puedo moverme tan quieto como una roca, vuelvo al neolítico, soy sólo una piedra más de este edificio, una más del ancho mundo, mi ojo izquierdo  alcanza a ver la alacena, la ve abrirse, repleta de cereales, pan, tostadas, huevos, pastas, fríjoles la ve cerrarse de golpe, suda como si corriera una maratón, tal vez su enemigo a entrado ya, lo persigue, intenta matarle, los veo, es decir, me veo perseguido, me lanza tostadas a la cabeza, quesos, intenta tumbarme con una zancadilla, me ofrece ir al cine, me grita desde lejos, los veo correr por la ciudad, Medellín está ahí a mis ojos, conmigo corriendo y mi enemigo lanzándome detrás todo lo que encuentra a su paso, jabones, guitarras, gordas Botero, entradas a teatro, ladrillos, balones, hijos , padres, iglesias, prostitutas de la candelaria, aguacates, me lanzaba aguacates con todas sus fuerzas mientras me recriminaba a grandes voces , casi cedo a esa tentación  última de las puticas, me veo subir las escaleras de mi piso en el centro de la ciudad y meterme en mi cuerpo tumbado al lado de la cocina viendo la alacena con mi ojo izquierdo sufriendo desde hace una semana un síndrome de abstinencia humana.


Vagabunda Bogotá - Luis Carlos Barragán

  Un viaje desquiciado al vacío con guiños surrealistas a un futuro y una realidad desconcertantes. Luis Carlos es un tipo, un tipito bast...