El frió del amanecer se cuela en mis huesos tan profundo que
siento crujir todo el esqueleto bajo la chaqueta de algodón, las manos
escondidas en los bolsillos de mis pantalones jugando con una cajetilla de
cigarrillos, me dejo caer contra una columna que se ofrece dócil en su quietud
o en su lento degenerar hacia la nada, como mi abuelo que está ahí, empezando
su última resistencia a la descomposición,
esa que empieza desde el día de nuestro arribo al torrente de la vida. La
sala toda oscura y el féretro sudando gotas frías rodeado de cuatro velones
inútiles que nos avisa donde está el muerto, si supieran dónde está, o a dónde
no ha ido por lo menos, y así evitarnos este circo, la representación sombría,
el último acto.
Las caras cansadas, agotadas de tanto llorar, los parpados
caídos, la mujer de los tintos que acaba de llegar, limpia, oliendo a jabón,
aséptica, se pasea por cada una de las 9 salas, todas con su muerto, todas con
su escenario de la tragedia, celebrando acaso su pronto encuentro con la amplitud
y vastedad de la nada absoluta, pero no, la esperanza, hay que tener esperanza,
me dice unos de mi tíos, al tiempo que agarramos una agua aromática para luchar
con el frio, Dios es muy bueno mijo, mi papá va estar bien; le digo que sí, que
seguro; La esperanza mijo, la esperanza, me repite, mientras me da un golpecito
tierno en la cabeza, como dándome ánimos, sólo que no los necesito, para qué,
lo que necesito es una cama y tirarme acaso para siempre en su lecho, descansar
de la esperanza absurda de mis tíos, de la pobre esperanza de mi viejo, mi
pobre viejo, ni siquiera puede llorar, sacar todo lo que tiene adentro, apenas
si lo veo, agarra su candela y un cigarro, de paso se encuentra la mujer que
sirve el tinto, le sonríe ajena a todo, representando su papel lo mejor que puede, si
fuera de otro este circo dónde sólo tuviera que fingir dolor, entonces me
reiría , pero no, hoy no, es mi abuelo, nuestro dolor; mi viejo se va con su
tinto y su cigarro a refugiarse donde pueda pero no lo veo llorar, se acerca a la
fuente rebosante de agua que está al salir de la sala, en medio de un jardín
colorido, inapropiado para tanta muerte, con sus pájaros visitando sus pistilos
y un árbol frondoso y verde se ofrece como refugio en las mañanas heladas y es
ahí, enciende su cigarro, lo aspira profundo y se le contrae la cara, parece
que va a ceder, que por fin llorará, que su corazón se destrozará por fin, pero
no, es sólo una aspirada fuerte, desgarradora, áspera ,casi insoportable y se
alivia apenas exhala el humo de tabaco molido de su cigarro mentolado, lo veo
hablar con una de las tías, la abraza, pero en realidad parece que es ella la
que se lanza desesperada a sus brazos buscando consuelo , le flaquean las
piernas y mi viejo la ayuda a sentarse en la banquita de madera, fresca,
rebosante de belleza, sudando también gotas heladas que se pegan a las piernas
de mi tía, mojándola toda, las lágrimas su cara, y el llanto de la banca sus
piernas, toda desolada y temblando bañada en una miseria y un dolor que visto
desde acá, desde donde me encuentro, entre un arco viejo de madera que da la
bienvenida a la sala de mi abuelo, bueno, la que es de mi abuelo para su muerte
ésta noche; viéndola desde acá, se ve ridícula, sobre actuada, en mute, con
gestos demasiado elaborados para tanto silencio, con ese traje de lana que es
un imán de motas de basurita, desteñido, pobre, como su actuación de ésta
noche, pobre, pobrísima, un remedo de telenovela, absurda.
Ya empiezan a llegar los otros, los amigos de la familia,
los amigos de los amigos de la familia, los vecinos del barrio, los amigos de
los vecinos del barrio, todos, los otros, a importunar a los deudos con sus
miradas de lastima, con sus frasecitas gastadas de tanto velorio, de tanta
muerte que han visitado, dichosas ellas
que se van a poner su traje negro, por fin, por fin se muere alguien, y se
visten muy jocosas y muy coquetas y muy tristes también, por el muertico, pero
a ver cómo me queda, la más linda del entierro, no ?. Y ya están pensando en
las novenas, en llenar la casa del muerto después de su muerte, como
asegurándose presencias en su propio funeral, desesperados todos, apeñuscados,
apretados, pululando en casa ajena. Y así llegan también hoy, en la mañana
helada, buscando puesto, una sillita o al menos un rinconcito, se van
esparciendo por toda la sala, van pasando a mirar a mi abuelo, de a uno, en
orden, haciendo fila, empujándose suavecito, con impaciencia, haciendo crecer
un murmullo de tertulia, pero triste, apagado, interpretando su papel, no como mi tía.
Me duelen los huesos de las rodillas, el frio ha calado
hondo, hondísimo, hasta mi alma, congelada toda, inerte, inexpresiva, más
muerta que mi pobre abuelo. La tía se deja caer por fin, agotada por sus
movimientos exagerados, desmadejada como una sábana que se tira al suelo para
reemplazarla por una nueva, limpia, con olor a jabón de flores, así queda ella
vencida por fin, recostada contra el costado plano de la fuente, los ojos
cerrados, tiesos. Camino hacia al jardín
que rodea la fuente, para intentar calmar mis pobres rodillas, miro al viejo,
le digo con los ojos cuanto me duele, que yo soy como él, una masa de concreto
petrificada, ahogada, sólida, inquebrantable, pero viviente irremediablemente,
busco en mis bolsillos un cigarrillo arrugado de tanto jugar con él, lo
enciendo, casi feliz, una felicidad contrastante con tanta opacidad, una
felicidad pálida, la felicidad de un
cigarrillo, apenas poca, pero mucho ahora, aquí, en el amanecer de un muerto.
Ahí está doña Teresa y su esposo Jacobo, rezanderos, los hermanos Estrada
Bello, las viejitas insoportables de la casa de la esquina, siempre rajando
balones de fútbol o lanzando baldados de agua fría que los muchachos del barrio
agradecíamos y nos reíamos, sudorosos, ahí están vivas todavía, la expresión de
cansancio con la vida, esos ojos lúgubres que esperan la muerte, con la
camándula en la mano, arrepentidas de todo, hasta de echarnos agua, la vejez no
es un premio, no hay recompensa en la vejes, sólo miedo y sufrimiento. También
están los hijos de este batallón de ancianos, indecisos, indecorosos,
inapropiados con sus pequeños hijitos inquietos, maldiciendo tener que venir y
los entiendo, un mal acto, un mal circo, todos desperdigados por la sala,
hablando con sus mujeres o en pequeños grupitos, las damas a un lado y los
hombres al otro, tomando tinto o agua aromática, fumándose unos cigarrillos,
todos esperando que amanezca, que llegue el carro por mi abuelo y se lo lleve a
un hueco húmedo, helado, oscuro de donde ya no saldrá nada, donde terminará de
ser por fin.
La sala es bastante amplia, como para albergar 250 o 300
personas, hay sofás bordeando todo el lugar, dos baños apenas entrando, uno de
damas y uno de caballeros y una salita de descanso justo detrás del féretro de
mi abuelo que también tiene su baño, otro sofá y una cama doble para
desmallados o para tías sobreactuadas, pero nadie parece querer ir allí y
olvidarse por un rato de todo, de la tristeza que es tan pesada y absurda. Ya
empieza a salir el sol y me estorba la chaqueta, los pantalones, los zapatos,
quiero mandar todo, todo al piso, dormir, descansar, tal vez soñar pero no
puedo, no puedo tumbarme en esa cama, no puedo descansar con ese olor a
incienso a iglesia a muerto. La funeraria está cerca de casa y me escapo
subrepticiamente, como el humo pálido de un cigarrillo, etéreo, así me pierdo
con el cansancio pesándome como un bulto de cabuya, de esa cabuya que mi abuelo
desmembraba y que cortaba sus manos de imberbe para sopesar un poco la pobreza
absurda en la que nació, la pobreza en la que conoció a mi abuela, también tirando duro del árbol de
cabuya, rasgándose las manos, sangrando y sufriendo desde siempre, tranquilo
abuelo, yo me llevo ese dolor a la cama, yo voy a descansar por vos abuelo, yo
voy a revindicar tu sufrimiento y me tumbo en mi cama, derrotado, como siempre,
la derrota es la condición humana primera, una marca inasible, inaudible ,
infranqueable, insoportable , indeleble , indecente e indebida, nadie merece
nacer para ver tanto dolor, tanta derrota, tanta miseria absurda, innecesaria,
in.. los ojos me pesan, los pensamientos me adormecen hasta la ataraxia, la
única posible y verdadera en este mundo, la placidez del sueño. Lo veo, está
ahí, mirándome con esos ojos de santo ,vidriosos, puros, ahogados, tristes,
nunca soporté los ojos de mi abuelo, siempre fue un hombre sencillo, callado,
calmo, lo más parecido a un santo. Mi
abuelo me ve y me dice, Mijo, Mijo, y se
queda en silencio, mirándome casi como un niño, como lo que fue toda su vida,
un hombre que nació, vivió y murió en Antioquia, un pobre hombre ciego y
derrotado, un santo, pues. Me llama, Mijo, Mijo. Lo veo sentado en esa silla
mecedora de mimbre, viejísima, la que mis tíos una vez le cambiaron por una
rimax roja inmóvil, estancada, atada a ese suelo del balcón y que él no se
atrevió a refutar, un santo mi abuelo, lo veo ahí meciéndose plácido, sin
pensamientos, en blanco, un santo, pues.
De la sala de velación a la iglesia, el rito mortuorio, el
segundo acto, los deudos lloran desconsolados , tristes, yo llego ya avanzada
la ceremonia, murmuran mi indecencia, la tía sobreactuada me ofrece una mirada
acusadora, yo apenas si la veo, no soporto este circo, no soporto el escenario,
quisiera llevarme a ese santo lejos de tanta vanidad, pero no puedo, no puedo
interferir , el acto es uno solo y termina al bajar el telón y lloro
desconsolado, por fin lloro, sentado atrás, en la última banca, de la última
fila, al lado de la última escena del via crucis, un Jesús resucitado , la
mentira piadosa, lloro por la esperanza absurda de que mi abuelo resucite y
viva en el paraíso de los piadosos, de los hombres desquiciados que fueron
santos, lloro, los despreciadores de la vida.
El féretro cruza la iglesia, arrastrado por cuatro hombres que cargan
muertos para alimentar vivos, por primera vez el llanto es unánime, libre de
intrusos, lamentable, lúgubre, el llanto es la soledad máxima y aun así se
juntan todos en un grito sostenido, un llanto continuo, inabarcable, miro a mis
primos y mi hermano retorcidos en las bancas de madera, mis tías encorvadas con las cabezas
metidas entre las manos, mojando los vestidos negros, haciéndolos ver más
desolados, mas fúnebres, adecuados para el momento, los tíos al pie del féretro
lo retienen, quieren verlo, decirle que abra los ojos, que la muerte no es
verdad, que no hay eternidad, que se quede, eso quisiera yo que le dijeran, que
le gritaran, eso es lo que pienso, pero no es verdad, lo que quieren es
gritarle que los cuide, que los espere, que ya todos morirán, pero no son tan
santos, ni tan puros y mi abuelo se va a podrir en la soledad de los inmaculados.
Al fin el último acto, el campo verde, amplio, lleno de árboles
frondosos pletóricos de vida, pero no, nos adentramos en busca de la bóveda, el
campo atrás, la vida atrás, veo a mi abuelo entrar con su figura pesada, como
lo vi por última vez, cruza la sala toda, mientras presencia las letanías
ahogadas de un desconocido que ritualiza el dolor, lo veo sentado, la pierna
derecha cruzada sobre la izquierda, la mirada insoportable me derrumba, no sólo
yo le veo, mi tía se contrae por fin, con naturalidad, mi abuela impávida lo
mira desde lejos, mi viejo me abraza queriendo abrazarlo a él, la bóveda se
cierra, las llamas se encienden, los corazones se derraman, la vida se revela
por fin, para esto nacimos, mi abuelo es ceniza, sentado ahí en medio de un
lamento insoportable, tanto, como la pureza de sus ojos. Damos media vuelta y
él se queda sentado mirándonos partir, compadecido por nuestro dolor,
entendiendo la vida al fin.
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