Estoy aquí, estancado, rascándome el
ombligo, saco cada bolita de lana, tengo una bolsa llena de ellas, no sé qué
hacer con ellas, no sé en realidad que hacer, nunca.
Es mí día 9125 en este mundo rotativo, he vivido 219000
minutos y me he fumado 365000 cigarrillos contando este, la vida no sería la
misma si no pudiera aspirar estos pequeños tubitos nicotínicos, tener que
soportar un segundo más, y saber que vivo, al menos cada aspirada de mi tubo es
una cuota para mi muerte. Miro mi rostro pegado al otro lado del espejo,
levitando en un charco cristalino, dos horas, miro los pómulos, las cejas
despobladas, el pelo enredado de mugre, una semana estancado en este
apartamento sin ducharme nunca, una barba despoblada que se insinúa como puede,
lo intenta, apenas siento un hedor penetrante que sube de entre mis piernas,
calcitrante, roedor, felino, fétido, putrefacto, podrido de mierda.
Otra vez la puerta, dos, tres golpecitos suaves primero,
luego uno fuerte, desesperado, al final uno más, resignado, triste, melancólico
golpe final. Al rato el ring insistente, devorador, intempestivo, insistente,
repetitivo, insistente, repetitivo, insistente, repetitivo, intempestivo,
devorador. Estoy muerto, pienso que estoy muerto, la muerte no es necesariamente
inerte, inmóvil, puede ser esto, placidez, una placidez derramada en un sofá,
respirando nicotina, eso es la muerte que vivo. Estar inerte, uno que se mueve,
que va al trabajo; otra forma de estar muerto, hacerle el amor a una misma
mujer, durante 60 años,sin amar en ella mas que su cuerpo o peor aún amándolo sin remedio, una muerte sexo – mecánica aguda. Quién vive? , dónde
están los cuerpos firmes? Los corazones rojos, henchidos de deseo? Sólo veo
desgaste y placidez, la muerte.
Abro la puerta, no hay moros en la costa, ni a diestra o
siniestra de mi cabeza, tampoco se ve a nadie, ningún moro en las escaleras que
van al piso de arriba, salgo un poco, medio torso, me voy inclinando lentamente
y gateo hasta las escaleras que van al piso de abajo, meto la cabeza entre dos
de los barrotes de madera, como un perro, pienso en mover la cola, no hay moros
en la costa, me vuelvo gateando, pienso en dar un pequeño ladrido, cierro la
puerta.
Ya antes estaba muerto, esto sólo lleva una semana, antes
hacía cosas, iba de un lado a otro, muerto, pero iba, llegaba, hacia. Sólo que
no entendía mi muerte, creía que estaba viviendo una vida, la mía tal vez.
Creía, creer que se vive, cómo pueden creer que se vive? Es que no ven al que
va al lado en el bus, al que camina a su lado en la acera, al que busca mujeres
en un bar, al que trabaja a sus lados, acaso no ven nada? Creer que se vive es
la muerte primera, yo ahora, aquí estancado, varado en este apartamento, puedo
creer que vivo y me ahorro el esfuerzo, levantarme, ducharme, ir al baño,
ducharme otra vez, ganarme la vida, pagar por sexo, casarme, pagar por sexo,
creer, trabajar, el bar, el cine, las calles, los bares, los cines, creer,
creer, todo eso me lo puedo ahorrar, aquí varado en medio de Medellín,
estancado, mirando acaso el cielo, cuando cae la luna, salir el sol, caer la
luna, salir el sol.
Otra vez la puerta, dos, tres golpes fuertes, furiosos,
exigentes golpes, uno más que parece que tirará la puerta al suelo, me asusto
un poco, me acomodo en mi sofá, me subo las medias, me cubro el cuerpo con la
sábana, me quedo mirando la puerta, estático, pensando que en cualquier momento
la puerta se viene abajo, pero ya no se escucha nada, pienso que podría
acercarme como un perro, en cuatro patas, mirar por debajo de la puerta,
olisquear un poco, pero no puedo moverme. mis ojos pegados a la puerta, dura,
fría, de una madera muy resistente, nada la hará ceder, intento decirme, suelto
la sábana y me acerco un poco, no sé qué hacer, nunca sé que hacer en realidad,
decido auscultar la puerta, escuchar el viento cortado por un cuerpo al otro lado,
pero nada, lo hago casi como un paramédico, bien junto el cachete al corazón
anhelante de la puerta, siento como poco a poco el frio de la madera sede al
contacto de mi cara, se empieza a poner resbaladizo por el sudor, no sé cuánto
tiempo llevo así, escuchando el latido apagado del pasillo, imaginando que del
otro lado hay otro cachete, otra cara pegada a mi puerta, en silencio,
esperando que yo me descubra, que abra la puerta satisfecho, victorioso,
entregado. Pienso que podría abrir el ojo mágico, dar una mirada rápida, de
soldado atrincherado, buscar a mi enemigo del otro lado, saber lo que hace,
obtener ventaja de panorama, hacer de espía para esta guerra fría. Despierto tirado al
lado de la puerta, no cedí ante mi enemigo, terminé derrotado sólo por la
flacidez de mi cuerpo cansado, agotado, no supe el momento preciso en que caí
al suelo, tal vez intenté mirar al
pasillo por el traga luz de la puerta, ya mi último esfuerzo, cediendo al
sueño, pero firme al frente como un soldado raso, la cara pegada al tapete, las
manos un poco hacia adelante apoyándome en el suelo frio, ofreciendo el culo a
la luna que se veía tras la venta, la luna iluminando mi culo inclinado, una
situación lamentable pero necesaria, tal vez estuve un rato así, inmóvil,
respirando el polvo del tapete, aguantando las ganas de estornudar, los ojos
lloros, el sueño, la derrota.
Un muerto siente hambre cuando las tripas descompuestas
escupen gusanos, una arepa, chocolate, huevos fritos, queso , galletas
,tostadas , quería todo esto, quería poder comer un poco, recuperar fuerzas,
sentir la esperanza renaciendo dentro de mí, volver a creer que vivo, si sonará
al teléfono de nuevo, justo ahora, tomaría la bocina, diría algo, oh, llamar a
casa de mis padres, pedirle a mi vieja que haga ese desayuno que anhelo, que
mate los gusanos en mis tripas, luego podría leer, ir al cine, buscar una buena
mujer, o buscarla a ella, traerla de vuelta, volver al trabajo en el centro de
la ciudad, buscarme un ascenso, subir de nivel, prosperar en la ciudad, tragar,
vomitar, volver a tragar y seguir vomitando para subir de nivel, para ganarme
un lugar entre los ciudadanos, ser.
Creo que caí al suelo antes de poder hacer algo, me
despierta el sonido insistente del teléfono, debe llevar así al menos una hora,
casi pienso ceder a levantar la bocina, escuchar la rabia al otro lado, las
recriminaciones, tener que decir lo siento, dar explicaciones, decir que no
soporto la falta de seriedad de la vida, que no es para tanto, que haga un
esfuerzo por entender, que no es tan difícil, que mire al lado, las luces de
las casas encendidas, los hospitales pariendo niños, los cementerios cultivando
gusanos, la televisión publicitando, los televidentes pasivos, ofreciéndose
dócilmente, que entienda ,que no es tan difícil entender, que haga un esfuerzo,
tener que dar explicaciones, decir que todos están muertos, tener que decir que
la vida no es seria, es que no se da cuenta? Y luego tener que aguantar el
sonido ensordecedor de la bocina al otro lado golpeada contra una mesa hasta
que se rompa y suene un pito o tal vez nada.
Casi llego a la cocina, la veo con el ojo izquierdo, el otro
está muerto o no puede ver nada, la nariz corta todo el campo de visión posible
para el ojo derecho, me quedé tirado a medio camino de un desayuno, otra vez
derrotado por el cansancio de imaginar lo que pasaría si levantara la bocina
del teléfono, no puedo moverme tan quieto como una roca, vuelvo al neolítico,
soy sólo una piedra más de este edificio, una más del ancho mundo, mi ojo
izquierdo alcanza a ver la alacena, la
ve abrirse, repleta de cereales, pan, tostadas, huevos, pastas, fríjoles la ve
cerrarse de golpe, suda como si corriera una maratón, tal vez su enemigo a
entrado ya, lo persigue, intenta matarle, los veo, es decir, me veo perseguido,
me lanza tostadas a la cabeza, quesos, intenta tumbarme con una zancadilla, me
ofrece ir al cine, me grita desde lejos, los veo correr por la ciudad, Medellín
está ahí a mis ojos, conmigo corriendo y mi enemigo lanzándome detrás todo lo
que encuentra a su paso, jabones, guitarras, gordas Botero, entradas a teatro,
ladrillos, balones, hijos , padres, iglesias, prostitutas de la candelaria,
aguacates, me lanzaba aguacates con todas sus fuerzas mientras me recriminaba a
grandes voces , casi cedo a esa tentación
última de las puticas, me veo subir las escaleras de mi piso en el
centro de la ciudad y meterme en mi cuerpo tumbado al lado de la cocina viendo
la alacena con mi ojo izquierdo sufriendo desde hace una semana un síndrome de
abstinencia humana.
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