domingo, 28 de septiembre de 2014

Síndrome de Abstinencia

Estoy aquí, estancado, rascándome el ombligo, saco cada bolita de lana, tengo una bolsa llena de ellas, no sé qué hacer con ellas, no sé en realidad que hacer, nunca.

Es mí día 9125 en este mundo rotativo, he vivido 219000 minutos y me he fumado 365000 cigarrillos contando este, la vida no sería la misma si no pudiera aspirar estos pequeños tubitos nicotínicos, tener que soportar un segundo más, y saber que vivo, al menos cada aspirada de mi tubo es una cuota para mi muerte. Miro mi rostro pegado al otro lado del espejo, levitando en un charco cristalino, dos horas, miro los pómulos, las cejas despobladas, el pelo enredado de mugre, una semana estancado en este apartamento sin ducharme nunca, una barba despoblada que se insinúa como puede, lo intenta, apenas siento un hedor penetrante que sube de entre mis piernas, calcitrante, roedor, felino, fétido, putrefacto, podrido de mierda.
Otra vez la puerta, dos, tres golpecitos suaves primero, luego uno fuerte, desesperado, al final uno más, resignado, triste, melancólico golpe final. Al rato el ring insistente, devorador, intempestivo, insistente, repetitivo, insistente, repetitivo, insistente, repetitivo, intempestivo, devorador. Estoy muerto, pienso que estoy muerto, la muerte no es necesariamente inerte, inmóvil, puede ser esto, placidez, una placidez derramada en un sofá, respirando nicotina, eso es la muerte que vivo. Estar inerte, uno que se mueve, que va al trabajo; otra forma de estar muerto, hacerle el amor a una misma mujer, durante 60 años,sin amar en ella mas que su cuerpo o peor aún amándolo sin remedio, una muerte sexo – mecánica aguda. Quién vive? , dónde están los cuerpos firmes? Los corazones rojos, henchidos de deseo? Sólo veo desgaste y placidez, la muerte.

Abro la puerta, no hay moros en la costa, ni a diestra o siniestra de mi cabeza, tampoco se ve a nadie, ningún moro en las escaleras que van al piso de arriba, salgo un poco, medio torso, me voy inclinando lentamente y gateo hasta las escaleras que van al piso de abajo, meto la cabeza entre dos de los barrotes de madera, como un perro, pienso en mover la cola, no hay moros en la costa, me vuelvo gateando, pienso en dar un pequeño ladrido, cierro la puerta.

Ya antes estaba muerto, esto sólo lleva una semana, antes hacía cosas, iba de un lado a otro, muerto, pero iba, llegaba, hacia. Sólo que no entendía mi muerte, creía que estaba viviendo una vida, la mía tal vez. Creía, creer que se vive, cómo pueden creer que se vive? Es que no ven al que va al lado en el bus, al que camina a su lado en la acera, al que busca mujeres en un bar, al que trabaja a sus lados, acaso no ven nada? Creer que se vive es la muerte primera, yo ahora, aquí estancado, varado en este apartamento, puedo creer que vivo y me ahorro el esfuerzo, levantarme, ducharme, ir al baño, ducharme otra vez, ganarme la vida, pagar por sexo, casarme, pagar por sexo, creer, trabajar, el bar, el cine, las calles, los bares, los cines, creer, creer, todo eso me lo puedo ahorrar, aquí varado en medio de Medellín, estancado, mirando acaso el cielo, cuando cae la luna, salir el sol, caer la luna, salir el sol.

Otra vez la puerta, dos, tres golpes fuertes, furiosos, exigentes golpes, uno más que parece que tirará la puerta al suelo, me asusto un poco, me acomodo en mi sofá, me subo las medias, me cubro el cuerpo con la sábana, me quedo mirando la puerta, estático, pensando que en cualquier momento la puerta se viene abajo, pero ya no se escucha nada, pienso que podría acercarme como un perro, en cuatro patas, mirar por debajo de la puerta, olisquear un poco, pero no puedo moverme. mis ojos pegados a la puerta, dura, fría, de una madera muy resistente, nada la hará ceder, intento decirme, suelto la sábana y me acerco un poco, no sé qué hacer, nunca sé que hacer en realidad, decido auscultar la puerta, escuchar el viento cortado por un cuerpo al otro lado, pero nada, lo hago casi como un paramédico, bien junto el cachete al corazón anhelante de la puerta, siento como poco a poco el frio de la madera sede al contacto de mi cara, se empieza a poner resbaladizo por el sudor, no sé cuánto tiempo llevo así, escuchando el latido apagado del pasillo, imaginando que del otro lado hay otro cachete, otra cara pegada a mi puerta, en silencio, esperando que yo me descubra, que abra la puerta satisfecho, victorioso, entregado. Pienso que podría abrir el ojo mágico, dar una mirada rápida, de soldado atrincherado, buscar a mi enemigo del otro lado, saber lo que hace, obtener ventaja de panorama, hacer de espía  para esta guerra fría. Despierto tirado al lado de la puerta, no cedí ante mi enemigo, terminé derrotado sólo por la flacidez de mi cuerpo cansado, agotado, no supe el momento preciso en que caí al suelo, tal vez  intenté mirar al pasillo por el traga luz de la puerta, ya mi último esfuerzo, cediendo al sueño, pero firme al frente como un soldado raso, la cara pegada al tapete, las manos un poco hacia adelante apoyándome en el suelo frio, ofreciendo el culo a la luna que se veía tras la venta, la luna iluminando mi culo inclinado, una situación lamentable pero necesaria, tal vez estuve un rato así, inmóvil, respirando el polvo del tapete, aguantando las ganas de estornudar, los ojos lloros, el sueño, la derrota.
Un muerto siente hambre cuando las tripas descompuestas escupen gusanos, una arepa, chocolate, huevos fritos, queso , galletas ,tostadas , quería todo esto, quería poder comer un poco, recuperar fuerzas, sentir la esperanza renaciendo dentro de mí, volver a creer que vivo, si sonará al teléfono de nuevo, justo ahora, tomaría la bocina, diría algo, oh, llamar a casa de mis padres, pedirle a mi vieja que haga ese desayuno que anhelo, que mate los gusanos en mis tripas, luego podría leer, ir al cine, buscar una buena mujer, o buscarla a ella, traerla de vuelta, volver al trabajo en el centro de la ciudad, buscarme un ascenso, subir de nivel, prosperar en la ciudad, tragar, vomitar, volver a tragar y seguir vomitando para subir de nivel, para ganarme un lugar entre los ciudadanos, ser.

Creo que caí al suelo antes de poder hacer algo, me despierta el sonido insistente del teléfono, debe llevar así al menos una hora, casi pienso ceder a levantar la bocina, escuchar la rabia al otro lado, las recriminaciones, tener que decir lo siento, dar explicaciones, decir que no soporto la falta de seriedad de la vida, que no es para tanto, que haga un esfuerzo por entender, que no es tan difícil, que mire al lado, las luces de las casas encendidas, los hospitales pariendo niños, los cementerios cultivando gusanos, la televisión publicitando, los televidentes pasivos, ofreciéndose dócilmente, que entienda ,que no es tan difícil entender, que haga un esfuerzo, tener que dar explicaciones, decir que todos están muertos, tener que decir que la vida no es seria, es que no se da cuenta? Y luego tener que aguantar el sonido ensordecedor de la bocina al otro lado golpeada contra una mesa hasta que se rompa y suene un pito o tal vez nada. 

Casi llego a la cocina, la veo con el ojo izquierdo, el otro está muerto o no puede ver nada, la nariz corta todo el campo de visión posible para el ojo derecho, me quedé tirado a medio camino de un desayuno, otra vez derrotado por el cansancio de imaginar lo que pasaría si levantara la bocina del teléfono, no puedo moverme tan quieto como una roca, vuelvo al neolítico, soy sólo una piedra más de este edificio, una más del ancho mundo, mi ojo izquierdo  alcanza a ver la alacena, la ve abrirse, repleta de cereales, pan, tostadas, huevos, pastas, fríjoles la ve cerrarse de golpe, suda como si corriera una maratón, tal vez su enemigo a entrado ya, lo persigue, intenta matarle, los veo, es decir, me veo perseguido, me lanza tostadas a la cabeza, quesos, intenta tumbarme con una zancadilla, me ofrece ir al cine, me grita desde lejos, los veo correr por la ciudad, Medellín está ahí a mis ojos, conmigo corriendo y mi enemigo lanzándome detrás todo lo que encuentra a su paso, jabones, guitarras, gordas Botero, entradas a teatro, ladrillos, balones, hijos , padres, iglesias, prostitutas de la candelaria, aguacates, me lanzaba aguacates con todas sus fuerzas mientras me recriminaba a grandes voces , casi cedo a esa tentación  última de las puticas, me veo subir las escaleras de mi piso en el centro de la ciudad y meterme en mi cuerpo tumbado al lado de la cocina viendo la alacena con mi ojo izquierdo sufriendo desde hace una semana un síndrome de abstinencia humana.


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