sábado, 1 de noviembre de 2014

El último Acto

El frió del amanecer se cuela en mis huesos tan profundo que siento crujir todo el esqueleto bajo la chaqueta de algodón, las manos escondidas en los bolsillos de mis pantalones jugando con una cajetilla de cigarrillos, me dejo caer contra una columna que se ofrece dócil en su quietud o en su lento degenerar hacia la nada, como mi abuelo que está ahí, empezando su última resistencia a la descomposición,  esa que empieza desde el día de nuestro arribo al torrente de la vida. La sala toda oscura y el féretro sudando gotas frías rodeado de cuatro velones inútiles que nos avisa donde está el muerto, si supieran dónde está, o a dónde no ha ido por lo menos, y así evitarnos este circo, la representación sombría, el último acto.

Las caras cansadas, agotadas de tanto llorar, los parpados caídos, la mujer de los tintos que acaba de llegar, limpia, oliendo a jabón, aséptica, se pasea por cada una de las 9 salas, todas con su muerto, todas con su escenario de la tragedia, celebrando acaso su pronto encuentro con la amplitud y vastedad de la nada absoluta, pero no, la esperanza, hay que tener esperanza, me dice unos de mi tíos, al tiempo que agarramos una agua aromática para luchar con el frio, Dios es muy bueno mijo, mi papá va estar bien; le digo que sí, que seguro; La esperanza mijo, la esperanza, me repite, mientras me da un golpecito tierno en la cabeza, como dándome ánimos, sólo que no los necesito, para qué, lo que necesito es una cama y tirarme acaso para siempre en su lecho, descansar de la esperanza absurda de mis tíos, de la pobre esperanza de mi viejo, mi pobre viejo, ni siquiera puede llorar, sacar todo lo que tiene adentro, apenas si lo veo, agarra su candela y un cigarro, de paso se encuentra la mujer que sirve el tinto, le sonríe  ajena a todo,  representando su papel lo mejor que puede, si fuera de otro este circo dónde sólo tuviera que fingir dolor, entonces me reiría , pero no, hoy no, es mi abuelo, nuestro dolor; mi viejo se va con su tinto y su cigarro a refugiarse donde pueda pero no lo veo llorar, se acerca a la fuente rebosante de agua que está al salir de la sala, en medio de un jardín colorido, inapropiado para tanta muerte, con sus pájaros visitando sus pistilos y un árbol frondoso y verde se ofrece como refugio en las mañanas heladas y es ahí, enciende su cigarro, lo aspira profundo y se le contrae la cara, parece que va a ceder, que por fin llorará, que su corazón se destrozará por fin, pero no, es sólo una aspirada fuerte, desgarradora, áspera ,casi insoportable y se alivia apenas exhala el humo de tabaco molido de su cigarro mentolado, lo veo hablar con una de las tías, la abraza, pero en realidad parece que es ella la que se lanza desesperada a sus brazos buscando consuelo , le flaquean las piernas y mi viejo la ayuda a sentarse en la banquita de madera, fresca, rebosante de belleza, sudando también gotas heladas que se pegan a las piernas de mi tía, mojándola toda, las lágrimas su cara, y el llanto de la banca sus piernas, toda desolada y temblando bañada en una miseria y un dolor que visto desde acá, desde donde me encuentro, entre un arco viejo de madera que da la bienvenida a la sala de mi abuelo, bueno, la que es de mi abuelo para su muerte ésta noche; viéndola desde acá, se ve ridícula, sobre actuada, en mute, con gestos demasiado elaborados para tanto silencio, con ese traje de lana que es un imán de motas de basurita, desteñido, pobre, como su actuación de ésta noche, pobre, pobrísima, un remedo de telenovela, absurda.

Ya empiezan a llegar los otros, los amigos de la familia, los amigos de los amigos de la familia, los vecinos del barrio, los amigos de los vecinos del barrio, todos, los otros, a importunar a los deudos con sus miradas de lastima, con sus frasecitas gastadas de tanto velorio, de tanta muerte que han visitado,  dichosas ellas que se van a poner su traje negro, por fin, por fin se muere alguien, y se visten muy jocosas y muy coquetas y muy tristes también, por el muertico, pero a ver cómo me queda, la más linda del entierro, no ?. Y ya están pensando en las novenas, en llenar la casa del muerto después de su muerte, como asegurándose presencias en su propio funeral, desesperados todos, apeñuscados, apretados, pululando en casa ajena. Y así llegan también hoy, en la mañana helada, buscando puesto, una sillita o al menos un rinconcito, se van esparciendo por toda la sala, van pasando a mirar a mi abuelo, de a uno, en orden, haciendo fila, empujándose suavecito, con impaciencia, haciendo crecer un murmullo de tertulia, pero triste, apagado, interpretando  su papel, no como mi tía.

Me duelen los huesos de las rodillas, el frio ha calado hondo, hondísimo, hasta mi alma, congelada toda, inerte, inexpresiva, más muerta que mi pobre abuelo. La tía se deja caer por fin, agotada por sus movimientos exagerados, desmadejada como una sábana que se tira al suelo para reemplazarla por una nueva, limpia, con olor a jabón de flores, así queda ella vencida por fin, recostada contra el costado plano de la fuente, los ojos cerrados, tiesos.  Camino hacia al jardín que rodea la fuente, para intentar calmar mis pobres rodillas, miro al viejo, le digo con los ojos cuanto me duele, que yo soy como él, una masa de concreto petrificada, ahogada, sólida, inquebrantable, pero viviente irremediablemente, busco en mis bolsillos un cigarrillo arrugado de tanto jugar con él, lo enciendo, casi feliz, una felicidad contrastante con tanta opacidad, una felicidad  pálida, la felicidad de un cigarrillo, apenas poca, pero mucho ahora, aquí, en el amanecer de un muerto. Ahí está doña Teresa y su esposo Jacobo, rezanderos, los hermanos Estrada Bello, las viejitas insoportables de la casa de la esquina, siempre rajando balones de fútbol o lanzando baldados de agua fría que los muchachos del barrio agradecíamos y nos reíamos, sudorosos, ahí están vivas todavía, la expresión de cansancio con la vida, esos ojos lúgubres que esperan la muerte, con la camándula en la mano, arrepentidas de todo, hasta de echarnos agua, la vejez no es un premio, no hay recompensa en la vejes, sólo miedo y sufrimiento. También están los hijos de este batallón de ancianos, indecisos, indecorosos, inapropiados con sus pequeños hijitos inquietos, maldiciendo tener que venir y los entiendo, un mal acto, un mal circo, todos desperdigados por la sala, hablando con sus mujeres o en pequeños grupitos, las damas a un lado y los hombres al otro, tomando tinto o agua aromática, fumándose unos cigarrillos, todos esperando que amanezca, que llegue el carro por mi abuelo y se lo lleve a un hueco húmedo, helado, oscuro de donde ya no saldrá nada, donde terminará de ser por fin.

La sala es bastante amplia, como para albergar 250 o 300 personas, hay sofás bordeando todo el lugar, dos baños apenas entrando, uno de damas y uno de caballeros y una salita de descanso justo detrás del féretro de mi abuelo que también tiene su baño, otro sofá y una cama doble para desmallados o para tías sobreactuadas, pero nadie parece querer ir allí y olvidarse por un rato de todo, de la tristeza que es tan pesada y absurda. Ya empieza a salir el sol y me estorba la chaqueta, los pantalones, los zapatos, quiero mandar todo, todo al piso, dormir, descansar, tal vez soñar pero no puedo, no puedo tumbarme en esa cama, no puedo descansar con ese olor a incienso a iglesia a muerto. La funeraria está cerca de casa y me escapo subrepticiamente, como el humo pálido de un cigarrillo, etéreo, así me pierdo con el cansancio pesándome como un bulto de cabuya, de esa cabuya que mi abuelo desmembraba y que cortaba sus manos de imberbe para sopesar un poco la pobreza absurda en la que nació, la pobreza en la que conoció a  mi abuela, también tirando duro del árbol de cabuya, rasgándose las manos, sangrando y sufriendo desde siempre, tranquilo abuelo, yo me llevo ese dolor a la cama, yo voy a descansar por vos abuelo, yo voy a revindicar tu sufrimiento y me tumbo en mi cama, derrotado, como siempre, la derrota es la condición humana primera, una marca inasible, inaudible , infranqueable, insoportable , indeleble , indecente e indebida, nadie merece nacer para ver tanto dolor, tanta derrota, tanta miseria absurda, innecesaria, in.. los ojos me pesan, los pensamientos me adormecen hasta la ataraxia, la única posible y verdadera en este mundo, la placidez del sueño. Lo veo, está ahí, mirándome con esos ojos de santo ,vidriosos, puros, ahogados, tristes, nunca soporté los ojos de mi abuelo, siempre fue un hombre sencillo, callado, calmo,  lo más parecido a un santo. Mi abuelo me ve y me dice, Mijo,  Mijo, y se queda en silencio, mirándome casi como un niño, como lo que fue toda su vida, un hombre que nació, vivió y murió en Antioquia, un pobre hombre ciego y derrotado, un santo, pues. Me llama, Mijo, Mijo. Lo veo sentado en esa silla mecedora de mimbre, viejísima, la que mis tíos una vez le cambiaron por una rimax roja inmóvil, estancada, atada a ese suelo del balcón y que él no se atrevió a refutar, un santo mi abuelo, lo veo ahí meciéndose plácido, sin pensamientos, en blanco, un santo, pues.

De la sala de velación a la iglesia, el rito mortuorio, el segundo acto, los deudos lloran desconsolados , tristes, yo llego ya avanzada la ceremonia, murmuran mi indecencia, la tía sobreactuada me ofrece una mirada acusadora, yo apenas si la veo, no soporto este circo, no soporto el escenario, quisiera llevarme a ese santo lejos de tanta vanidad, pero no puedo, no puedo interferir , el acto es uno solo y termina al bajar el telón y lloro desconsolado, por fin lloro, sentado atrás, en la última banca, de la última fila, al lado de la última escena del via crucis, un Jesús resucitado , la mentira piadosa, lloro por la esperanza absurda de que mi abuelo resucite y viva en el paraíso de los piadosos, de los hombres desquiciados que fueron santos, lloro, los despreciadores de la vida.  El féretro cruza la iglesia, arrastrado por cuatro hombres que cargan muertos para alimentar vivos, por primera vez el llanto es unánime, libre de intrusos, lamentable, lúgubre, el llanto es la soledad máxima y aun así se juntan todos en un grito sostenido, un llanto continuo, inabarcable, miro a mis primos y mi hermano retorcidos en las bancas de madera, mis tías encorvadas con las cabezas metidas entre las manos, mojando los vestidos negros, haciéndolos ver más desolados, mas fúnebres, adecuados para el momento, los tíos al pie del féretro lo retienen, quieren verlo, decirle que abra los ojos, que la muerte no es verdad, que no hay eternidad, que se quede, eso quisiera yo que le dijeran, que le gritaran, eso es lo que pienso, pero no es verdad, lo que quieren es gritarle que los cuide, que los espere, que ya todos morirán, pero no son tan santos, ni tan puros y mi abuelo se va a podrir en la soledad  de los inmaculados.

Al fin el último acto, el campo verde, amplio, lleno de árboles frondosos pletóricos de vida, pero no, nos adentramos en busca de la bóveda, el campo atrás, la vida atrás, veo a mi abuelo entrar con su figura pesada, como lo vi por última vez, cruza la sala toda, mientras presencia las letanías ahogadas de un desconocido que ritualiza el dolor, lo veo sentado, la pierna derecha cruzada sobre la izquierda, la mirada insoportable me derrumba, no sólo yo le veo, mi tía se contrae por fin, con naturalidad, mi abuela impávida lo mira desde lejos, mi viejo me abraza queriendo abrazarlo a él, la bóveda se cierra, las llamas se encienden, los corazones se derraman, la vida se revela por fin, para esto nacimos, mi abuelo es ceniza, sentado ahí en medio de un lamento insoportable, tanto, como la pureza de sus ojos. Damos media vuelta y él se queda sentado mirándonos partir, compadecido por nuestro dolor, entendiendo la vida al fin.

Dedicado a mi abuelo, que descanse en la paz del silencio.





domingo, 28 de septiembre de 2014

Síndrome de Abstinencia

Estoy aquí, estancado, rascándome el ombligo, saco cada bolita de lana, tengo una bolsa llena de ellas, no sé qué hacer con ellas, no sé en realidad que hacer, nunca.

Es mí día 9125 en este mundo rotativo, he vivido 219000 minutos y me he fumado 365000 cigarrillos contando este, la vida no sería la misma si no pudiera aspirar estos pequeños tubitos nicotínicos, tener que soportar un segundo más, y saber que vivo, al menos cada aspirada de mi tubo es una cuota para mi muerte. Miro mi rostro pegado al otro lado del espejo, levitando en un charco cristalino, dos horas, miro los pómulos, las cejas despobladas, el pelo enredado de mugre, una semana estancado en este apartamento sin ducharme nunca, una barba despoblada que se insinúa como puede, lo intenta, apenas siento un hedor penetrante que sube de entre mis piernas, calcitrante, roedor, felino, fétido, putrefacto, podrido de mierda.
Otra vez la puerta, dos, tres golpecitos suaves primero, luego uno fuerte, desesperado, al final uno más, resignado, triste, melancólico golpe final. Al rato el ring insistente, devorador, intempestivo, insistente, repetitivo, insistente, repetitivo, insistente, repetitivo, intempestivo, devorador. Estoy muerto, pienso que estoy muerto, la muerte no es necesariamente inerte, inmóvil, puede ser esto, placidez, una placidez derramada en un sofá, respirando nicotina, eso es la muerte que vivo. Estar inerte, uno que se mueve, que va al trabajo; otra forma de estar muerto, hacerle el amor a una misma mujer, durante 60 años,sin amar en ella mas que su cuerpo o peor aún amándolo sin remedio, una muerte sexo – mecánica aguda. Quién vive? , dónde están los cuerpos firmes? Los corazones rojos, henchidos de deseo? Sólo veo desgaste y placidez, la muerte.

Abro la puerta, no hay moros en la costa, ni a diestra o siniestra de mi cabeza, tampoco se ve a nadie, ningún moro en las escaleras que van al piso de arriba, salgo un poco, medio torso, me voy inclinando lentamente y gateo hasta las escaleras que van al piso de abajo, meto la cabeza entre dos de los barrotes de madera, como un perro, pienso en mover la cola, no hay moros en la costa, me vuelvo gateando, pienso en dar un pequeño ladrido, cierro la puerta.

Ya antes estaba muerto, esto sólo lleva una semana, antes hacía cosas, iba de un lado a otro, muerto, pero iba, llegaba, hacia. Sólo que no entendía mi muerte, creía que estaba viviendo una vida, la mía tal vez. Creía, creer que se vive, cómo pueden creer que se vive? Es que no ven al que va al lado en el bus, al que camina a su lado en la acera, al que busca mujeres en un bar, al que trabaja a sus lados, acaso no ven nada? Creer que se vive es la muerte primera, yo ahora, aquí estancado, varado en este apartamento, puedo creer que vivo y me ahorro el esfuerzo, levantarme, ducharme, ir al baño, ducharme otra vez, ganarme la vida, pagar por sexo, casarme, pagar por sexo, creer, trabajar, el bar, el cine, las calles, los bares, los cines, creer, creer, todo eso me lo puedo ahorrar, aquí varado en medio de Medellín, estancado, mirando acaso el cielo, cuando cae la luna, salir el sol, caer la luna, salir el sol.

Otra vez la puerta, dos, tres golpes fuertes, furiosos, exigentes golpes, uno más que parece que tirará la puerta al suelo, me asusto un poco, me acomodo en mi sofá, me subo las medias, me cubro el cuerpo con la sábana, me quedo mirando la puerta, estático, pensando que en cualquier momento la puerta se viene abajo, pero ya no se escucha nada, pienso que podría acercarme como un perro, en cuatro patas, mirar por debajo de la puerta, olisquear un poco, pero no puedo moverme. mis ojos pegados a la puerta, dura, fría, de una madera muy resistente, nada la hará ceder, intento decirme, suelto la sábana y me acerco un poco, no sé qué hacer, nunca sé que hacer en realidad, decido auscultar la puerta, escuchar el viento cortado por un cuerpo al otro lado, pero nada, lo hago casi como un paramédico, bien junto el cachete al corazón anhelante de la puerta, siento como poco a poco el frio de la madera sede al contacto de mi cara, se empieza a poner resbaladizo por el sudor, no sé cuánto tiempo llevo así, escuchando el latido apagado del pasillo, imaginando que del otro lado hay otro cachete, otra cara pegada a mi puerta, en silencio, esperando que yo me descubra, que abra la puerta satisfecho, victorioso, entregado. Pienso que podría abrir el ojo mágico, dar una mirada rápida, de soldado atrincherado, buscar a mi enemigo del otro lado, saber lo que hace, obtener ventaja de panorama, hacer de espía  para esta guerra fría. Despierto tirado al lado de la puerta, no cedí ante mi enemigo, terminé derrotado sólo por la flacidez de mi cuerpo cansado, agotado, no supe el momento preciso en que caí al suelo, tal vez  intenté mirar al pasillo por el traga luz de la puerta, ya mi último esfuerzo, cediendo al sueño, pero firme al frente como un soldado raso, la cara pegada al tapete, las manos un poco hacia adelante apoyándome en el suelo frio, ofreciendo el culo a la luna que se veía tras la venta, la luna iluminando mi culo inclinado, una situación lamentable pero necesaria, tal vez estuve un rato así, inmóvil, respirando el polvo del tapete, aguantando las ganas de estornudar, los ojos lloros, el sueño, la derrota.
Un muerto siente hambre cuando las tripas descompuestas escupen gusanos, una arepa, chocolate, huevos fritos, queso , galletas ,tostadas , quería todo esto, quería poder comer un poco, recuperar fuerzas, sentir la esperanza renaciendo dentro de mí, volver a creer que vivo, si sonará al teléfono de nuevo, justo ahora, tomaría la bocina, diría algo, oh, llamar a casa de mis padres, pedirle a mi vieja que haga ese desayuno que anhelo, que mate los gusanos en mis tripas, luego podría leer, ir al cine, buscar una buena mujer, o buscarla a ella, traerla de vuelta, volver al trabajo en el centro de la ciudad, buscarme un ascenso, subir de nivel, prosperar en la ciudad, tragar, vomitar, volver a tragar y seguir vomitando para subir de nivel, para ganarme un lugar entre los ciudadanos, ser.

Creo que caí al suelo antes de poder hacer algo, me despierta el sonido insistente del teléfono, debe llevar así al menos una hora, casi pienso ceder a levantar la bocina, escuchar la rabia al otro lado, las recriminaciones, tener que decir lo siento, dar explicaciones, decir que no soporto la falta de seriedad de la vida, que no es para tanto, que haga un esfuerzo por entender, que no es tan difícil, que mire al lado, las luces de las casas encendidas, los hospitales pariendo niños, los cementerios cultivando gusanos, la televisión publicitando, los televidentes pasivos, ofreciéndose dócilmente, que entienda ,que no es tan difícil entender, que haga un esfuerzo, tener que dar explicaciones, decir que todos están muertos, tener que decir que la vida no es seria, es que no se da cuenta? Y luego tener que aguantar el sonido ensordecedor de la bocina al otro lado golpeada contra una mesa hasta que se rompa y suene un pito o tal vez nada. 

Casi llego a la cocina, la veo con el ojo izquierdo, el otro está muerto o no puede ver nada, la nariz corta todo el campo de visión posible para el ojo derecho, me quedé tirado a medio camino de un desayuno, otra vez derrotado por el cansancio de imaginar lo que pasaría si levantara la bocina del teléfono, no puedo moverme tan quieto como una roca, vuelvo al neolítico, soy sólo una piedra más de este edificio, una más del ancho mundo, mi ojo izquierdo  alcanza a ver la alacena, la ve abrirse, repleta de cereales, pan, tostadas, huevos, pastas, fríjoles la ve cerrarse de golpe, suda como si corriera una maratón, tal vez su enemigo a entrado ya, lo persigue, intenta matarle, los veo, es decir, me veo perseguido, me lanza tostadas a la cabeza, quesos, intenta tumbarme con una zancadilla, me ofrece ir al cine, me grita desde lejos, los veo correr por la ciudad, Medellín está ahí a mis ojos, conmigo corriendo y mi enemigo lanzándome detrás todo lo que encuentra a su paso, jabones, guitarras, gordas Botero, entradas a teatro, ladrillos, balones, hijos , padres, iglesias, prostitutas de la candelaria, aguacates, me lanzaba aguacates con todas sus fuerzas mientras me recriminaba a grandes voces , casi cedo a esa tentación  última de las puticas, me veo subir las escaleras de mi piso en el centro de la ciudad y meterme en mi cuerpo tumbado al lado de la cocina viendo la alacena con mi ojo izquierdo sufriendo desde hace una semana un síndrome de abstinencia humana.


Vagabunda Bogotá - Luis Carlos Barragán

  Un viaje desquiciado al vacío con guiños surrealistas a un futuro y una realidad desconcertantes. Luis Carlos es un tipo, un tipito bast...