Aún recuerdo el aroma de esas
mañanas heladas que atrofiaban las articulaciones y hacían palidecer los
cachetes que se veían en la penosa obligación de reunir pequeñas cantidades de
sangre para darle finalmente un tinte colorado y payasesco a los rostros de mis
amigos imberbes y claro, mi rostro no podía salvarse; pero hay unas llegadas al
colegio que no logro sacar de mi memoria, siempre antes del alba, por un
capricho de Medellín que se empecinaba en amanecer más tarde de lo habitual, oh
recuerdo sentirme verdaderamente en mi hogar, las ventanas del salón se
opacaban por el aire fresco que se posaba indiscriminadamente sobre ellas, el
incesante chirriar de los bichos, la luz encendida y cálida que luchaba contra
la inclemencia poderosa de la madrugada en las Palmas, ese era mi hogar entre
mis seres más queridos, siempre podía acercarme a Alejo y decirle cualquier
tontería o darle un pequeño empujón con mi hombro, ese golpe tierno que nos
destruía los cuerpos mientras hablábamos de futbol o canciones de rock que nos
daban la sensación de ser un mismo fluir de pulsaciones cerebrales y nos
hacíamos dependientes en nuestros corazones y claro, de pronto veíamos un
pequeño cuerpo de atleta prematuro y orgulloso tratando de vencer la helada de
ese campo hermoso que era nuestro colegio en medio de un verdadero bosque ,
andando en sus dos manos por todo el salón como un mono salvaje y ágil y recuerdo sentir
una admiración instantánea por ese salvaje y al mismo tiempo; yo que siempre
fui el más deprimente y perezoso del mundo; sentía que tal vez eso fuese
demasiado para mí, nunca se me hubiera ocurrido intentar algo así y mucho menos
si aún no amanecía, para mí siempre sería mucho mejor dejar caer mi cara
ojerosa y cansada en el pupitre y mirarlo hacer sus proezas olímpicas.
Mientras esperábamos el turno de
nuestro primer verdugo, no sé, sería el profesor de matemáticas, español,
ética, daba igual cual fuese; nosotros levantábamos la tapa de madera de
nuestros pupitres y encontrábamos ahí adentro una vieja latonería oxidada que
guardaba durante la noche en medio de la oscuridad un libro con canciones de misa, una biblia de
bolsillo y tal vez un montón de exámenes que preferíamos no llevar a casa, para
evitar en mi caso algún castigo innecesario y en el caso de Alejo y el mono
salvaje, o como lo llamaron sus padres , Christi, tal vez los dejaban para
evitar halagos empalagosos de sus viejos, aunque de eso no estoy muy seguro, no
sé sí ellos preferían dejar sus exámenes en el olvido entre la palabra desgastada
de dios y su pequeño libro de vanidades hechas música para su mayor
complacencia o llevarlos a casa y recibir algún premio dulce una tarde de
domingo, en la que saldrían con sus viejos a pasear, bueno, claro que el mono
salvaje no pudo disfrutar por mucho tiempo de tardes familiares, pero eso es
algo que a ustedes no les importa y no voy a contar nada de eso.
Aun no terminaba de amanecer y ya
podíamos escuchar el ruido distorsionado que nos llegaba desde la sala de
rectoría, justo en el momento en el que llegaba alguno de los profesores al
salón de clase, había un parlante en la pared que sostenía el pizarrón, encima
del cual estaba la efigie de un cristo moribundo y torturado en su cruz, del
cual siempre nos contaron que murió por nosotros; agradezco su hermosa
filantropía pero no debió tomarse la molestia; y un poco más arriba el parlante
homogeneizador que daba rienda suelta a la voz suave y a la vez molesta del
padre Daniel o cualquiera otro de nuestros guías espirituales, para ronronear
entre el más estricto silencio y temor de dios, el ángelus, supongo que para
iluminar nuestras mentes y abrirlas al conocimiento, pero si algo puedo decir
es que con la mía no pudo, porque siempre estaba pensando en gambetas de futbol
o durmiendo en mis clases, y gracias a la incompetencia de dios en su ángelus
no recibí la debida educación popular de la mejor manera, a decir verdad, no sé
cómo obtuve mi título de bachiller.
Y claro, siempre llegaba el
momento del primer descanso, aunque a mí me pareciera una eternidad, y
dejábamos los morrales colgados en el espaldar de los pupitres o debajo del
asiento y salíamos a un gran patio que contaba al menos con cinco o seis pinos
enormes que hacían las delicias a nuestros pulmones, cada uno en medio de un
pequeño cuadrado de césped verde como ellos, y en la parte principal del patio
un campo enchapado en adoquines pensado tal vez para evitar que nuestros
pequeños cuerpos de niños jugaran libremente y así mantenernos en la más
estática de las privaciones del cuerpo, para no caer en pecado, uno nunca sabe
que pueden estar pensando estos curas pálidos que nos educaban; pero eso no fue
un impedimento en nuestros primeros años, siempre apresurábamos tomar el
desayuno y luego nos ayudábamos de cuatro piedras que puestas de a dos formarían
las porterías y que disponíamos a una distancia justa para albergar al número
de participantes del jugo, para no terminar cerrando las defensas más de lo que
deseábamos, y así veía como Alejo desbordaba por las bandas con un quiebre
singular de las manos o el Christi haciendo disparos locos como las caricaturas
de los súper campeones y bueno, yo pensaba que podía ser algún crack brasileño
o colombiano en el peor de los casos y sudábamos como para ganar alguna copa
internacional.
Y así pasé los primeros años en
el colegio. Los profesores que brincaban de salón en salón al tintineo de las
campanas sintiéndose, supongo, unos verdaderos tutores, los guías del porvenir,
como Bombermans adentrándose en cada cubículo que podían y dejando sus pequeñas molotov de destrucción
en nuestros cerebros.
Supe de mi educación el día que
Alejo me confesó con el más hermoso gesto de su vida que él no confiaba en esa
pobre educación, sí, porque este buen amigo mío además de buen futbolista,
pensaba y puso en mis manos un pequeño libro; este triste niño perdido que
dormía entre descansos y mantenía su pobre cabezota en estado de coma, recibió
un buen regalo, estábamos cursando el octavo grado y mi fama de pequeño bueno
para nada crecía sin piedad, claro, todos avanzaban, mostraban algún progreso
en sus notas, recibían palmaditas en la espalda por parte de los profesores y
yo, y yo nada, si acaso sería tema de discusión en la sala de maestros, o la
burla de algún vanidoso entre mis compañeros, pero no Alejo, nunca el Christi,
así que abrí el pequeño libro, sería un lunes después de algún descanso, y
empecé a tener un motivo real para no dormir en clase, supongo que mis
profesores no se atrevían a interrumpir mi nueva afición, pues nunca me mereció
un llamado de atención o alguna falta escrita en el único libro que redacte en
mi vida, El cuaderno de anotaciones(faltas al manual de convivencia).
Fue más tarde en mi vida cuando
comprendí lo importante de ese momento en el espacio tiempo, mientras hacía
crujir la mecánica de mi cuerpo, ese momento que salvó verdaderamente mi vida,
algunos de mis compañeros de clase preguntaban qué carajos pasaba conmigo, yo sólo me dejé sumergir en
ese pupitre que para mí siempre fue un símbolo del tedio y lo transfiguré en
una especie de oasis del placer.
Dos veces por semana generalmente
los martes y jueves después del ángelus y antes de la primera clase, mis
compañeros y yo salíamos por los pasillos que conducían hasta la secretaría y
luego tomábamos un hermoso caminito entre tejados de barro y pequeñas columnas
de madera que lo sostenían, en un descenso hasta una capilla pequeña que
quedaba en el segundo piso de la construcción del seminario mayor, justo en
frente del aula máxima y otras tantas veces nuestros pasos nos conducían a una
capilla subterránea debajo de la capilla principal, que es una cúpula blanca
que se puede ver desde cualquier morro del valle de aburra, Algunos días tenía
la suerte mis sentidos de ver caer la lluvia en la piscina que quedaba al
costado derecho del caminito que llevaba a la capilla y veía entre la alambrada
que nos separaba del agua estancada cómo las gotas rebotaban en el diáfano
líquido al tiempo que el agua caía por
los costados del tejado, imágenes que han quedado impregnadas y bordadas en mi
corazón solitario.
Nunca acolité ni una sola de las misas que
recibí en el colegio y eso que se podía decir que fui un correcto católico, mis
padres hicieron de mi un bautizado más y me llevaban a la misa dominical cada
semana en la iglesia principal del barrio el salvador, con ese nombre que
llevaba mi barrio como no iba a ser católico, pero es que sentía una especie de
desprecio por los tontos hipócritas que se peleaban por ser el segundón del
curita. Lo más excitante que viví en una de esas misitas para purificar nuestras
almas, fue no asistir a una, cuando bajábamos camino a nuestro rutinario tedio
en el templo de dios, alguna fuerza terrenal
y verdadera nos arrebató, recuerdo estar con Alejo y otros cuantos, pero
no podría decir exactamente quienes eran, fue realmente una experiencia, sentía
como si fuera un escapista verdadero y además un intrépido excursionista,
divagamos por la estructura del Mayor, siempre percibiendo ese olor a incienso
que no se separa de cualquier lugar donde haya una sotana, llegué junto con mis
compañeros desertores a un bloque de habitaciones, donde duermen los
acumuladores de semen, que luego serán nuestros guías espirituales; para
nuestra fortuna la portada estaba abierta, una vieja puertezuela de vidrio y
marcos de metal pintados de un azul corroído por la exposición a la intemperie,
pujamos la puerta y descendimos unos tres pisos, hasta encontrarnos con una
efigie del beato Marianito que daba miedo, a la izquierda de la estatua fisgona
un pasadizo de habitaciones abandonado, sin revoque en las paredes y sin fluido
eléctrico, mi corazón latía con fuerza, pero estaba con Alejo y otros de mis
colegas desertores , así que superamos el primer instante de estupor colectivo
y nos adentramos en medio de una
aprensión vaga pero siempre presente, anduvimos libres entre ese mundo de
santos y acumuladores de semen, alguno de mis cómplices nos amilanó diciendo
percibir algún espíritu carroñero, supongo, y volamos como desposeídos y
temeros de dios por los pasillos oscuros hasta librarnos de las tinieblas del
infierno y volver a la luz siempre divina y pacificadora, yo creo que eso fue
el demonio, decía uno, yo creo que fue una tontería, afirmaba otro, yo no creí nada,
solo corrí y sentí y temblé y supe que fue muchísimo mejor que asistir al
banquete de dios. Logramos llegar a tiempo para juntarnos al grupo de los que
habían recibido el cuerpo de cristo, claro que el curita nos pilló, nos increpó
con la mirada, nos derrotó en la inquisición, pero por desgracia no fuimos
descomulgados, al parecer no éramos dignos de tal privilegio o éramos unos
herejes poco serios, de todas formas no
dijo nada, y pudimos volver sanos y salvos a nuestros asientos de primera en el
tren de la educación.
En esos días tuve mi primera
experiencia en un lugar sagrado, era la biblioteca Pio Xll, que quedaba
diagonal a la cafetería de Aidé, una señora vulgar y divertida que nos colmaba
de frituras grasientas y chucherías en los descansos y en la parte adyacente
del Redentoris mater, otro salón enorme para reuniones extraordinarias. La
bibliotecaria era una pequeña rana, de ojos saltones, bastante formal y que tenía unos enormes senos para su
diminuta figura, pero ese no fue el motivo por el que entré en ese lugar antes ajeno, para decirles las cosas
un poco más objetivamente creo que nunca presté ni un solo libro, sólo me
tomaba unos minutos de mis descansos para pasearme entre los estantes
atiborrados de libros, mi cabezota aun no podía distinguir entre una buena
lectura o una mala, creo que no hubiera decido, habría tomado el primero, tal
vez por lo especial de la pasta o su diseño, de todas formas entraba por ese
pequeño corredor hasta llegar a una salita medianamente amplia, pero estrecha
por las mesas de estudio un poco exageradas en tamaño, doblada a la izquierda y
subía hasta un segundo piso tipo mezanini , dividido por dos estanterías de
libros en la mitad y otras dos en cada extremo de la pequeña habitación, me
paseaba y tocaba los libros, los olía, daba pequeñas leídas furtivas para
terminar descendiendo y juntándome con mis viejos amigos en unas banquitas, que
estaban dispuestas de manera que formaban una ele, y que estaban al lado de una
virgen que escuchaba todos nuestros sueños de adolescentes o que era testiga de
lo que callábamos, aunque ahora sé, que de todas maneras ella nunca hubiera
podido decir nada, porque era sólo un montón de piedra y nada más.
Allí pasamos la segunda parte de
nuestra vida colegial, entre esas bancas hermosas de una madera fina y hierro
forjado, y ahí estábamos el Christi, Alejo que era un pequeño piojo risueño,
Parra un gigante deforme y violento que hacías las veces de gobierno
totalitario, aunque a nosotros los fundadores no nos importara, sabíamos que
alguien debía imponer orden y para eso necesitábamos fuerza y el mostro de
cabeza picuda era esa fuerza, y claro, necesitábamos diversión, que sociedad no
la necesita y para eso teníamos a nuestro pequeño bufón, aunque muy respetado y
querido, tenía una mirada de psicótico perverso y una lúcida memoria en la que
almacenaba todos los cuentos más graciosos que pudiera encontrar en los shows de comedia que pasaban todos los
sábados en los canales nacionales, así íbamos creciendo, tal vez las bancas
fueron una herencia dejaba por el grupo de mi hermano mayor, ese hombrecito
hermoso que siempre ha llenado de goce mi vida, a falta de la presencia de un
dios que cuidara de mí, siempre ha estado él ahí, con una mirada dulce y
alcahueta que me quiere y guarda de todo mal, pero él tuvo que dejarme sólo en
aquel lugar y tuve que hacerme a mi propia comunidad y a mi propia defensa,
pero que va, siempre he sido demasiado frágil para eso y terminé fortaleciendo
mi vida al lado del piojo risueño y del mono salvaje y la otra horda de
animales silvestres que quisieran posarse en nuestro campo de libertad, excepto
en con algunos animales que considerábamos tenían un olor más nauseabundo que
el nuestro, como ese cerdito llorón que padeció la indiferencia y crueldad de
unos adolescentes descuidados y tontos
como cualquiera otros .
Tres títulos en micro futbol, dos
subcampeonatos en futbol y un título, y los encuentros con nuestros verdugos
los martes y jueves en el largo corredor de asfalto que era como una gran
alfombra de cemento entre la cúpula y el teatro, creo que nunca antes un equipo
perdió tantos partidos en la historia del futbol como el nuestro, claro, las
excéntricas y egoístas pretensiones del Christi, que apenas sus pies tocaban el
balón era lo mismo que darle una señal a sus ojos de clavarle una mirada
violenta al asfalto y tomando la actitud de un toro desbocado y ofendido
cruzaba a lo largo de la cancha improvisada con la única intensión de volarle
la cabeza a una especie de gorila bocón, que se plantaba en la portería de
nuestros rivales y que nos impedía cada intento de marcar un gol, así pues
nuestro equipo quedaba reducido a un arquero que cada tanto nos traicionaba con
un autogol, ese era el bueno del Che, y a lo que podíamos inventar entre las
combinaciones mágicas del piojo y el zombi ojeroso que era yo, un pobre, frágil
y lánguido muchachito que creía jugar el
mejor futbol del mundo pero que estaba en el peor equipo de todos.
Teníamos nuestro momento para
crear escenarios de caos, un desorden cómico y espontaneo sucedía en el
corredor principal del baño, un salón bastante grande que se repartía entre
duchas y orinales a la izquierda y retretes a la derecha, cada tanto, luego de
la jornada deportiva tomábamos una ducha, nos acicalábamos un poco, yo
aguardaba para darme un último sueño en la clase que me esperaba, pero claro,
cierto día entendimos que no debíamos ser los primeros, que siempre podíamos
quedarnos tirados un rato hablando de lo mal que jugamos, nos sentábamos
recostados contra la pared que daba frente a la entrada del baño y mientras
esperábamos que las duchas se vaciaran nos dábamos la buena vida, no estoy muy
seguro de como sucedió en primera instancia, supongo que algún alumno
desafortunado fue el primero en caer, todo por las peripecias mojadas que puede
provocar la ducha de 150 deportistas del más bajo nivel conocido, sólo recuerdo
ver caer a alguien justo en nuestras narices y provocarnos un delirio risueño,
y claro, éramos unos malvados y quisimos intencionadamente hacernos los
verdugos de todos, así que no sólo mojamos el corredor, además lo volvimos una
pista enjabonada y verdaderamente extrema, que nos dio las delicias de unas
cuantas tardes, al ver caer uno, dos, tres y muchos otros tantos en frente
nuestro y siempre podíamos hacernos los preocupados o simplemente soltar las
carcajadas más sínicas que cualquier victima pueda escuchar.
Fue un flujo de casualidades el
que me llevó a estar cinco años entre montañas en el mejor lugar posible, la
misma casualidad irresponsable que me hizo nacer, la misma casualidad que hizo
que este pobre primitivo se adhiriera a otros salvajes anacrónicos, perdidos en
este tiempo pobre y hostil, desgastado por el espectáculo triste que se ha
tomado la vida de todos los seres de esta Medellín avanzada y pasmosa, que nos
come los días, que te mata de tedio si la dejas avanzar, esta Medellín que se
olvidó de ser primaveral y se volvió adulta, lerda y demasiado seria para mí
que soy un vagabundo de historias.
Pateamos, corrimos, hicimos
goles, nos hicieron muchos, estudiamos, no estudiamos, nos hicimos los vagos,
recuperamos notas, dormimos, uno de nosotros leyó a Nietzsche en la cúpula
hedionda y blanca y orinó el cuerpo de cristo, eso obtuvo por querer salvarnos
a nosotros que no necesitamos ser salvos de nada en este mundo, como no sea de
caer en las manos de los tontos satisfechos y honorables, en las manos de los
paisas verracos y católicos, dos de nosotros profanaron el parlante del ángelus
con hermosas canciones de rock, uno de nosotros caminó largas trochas,
sobreponiéndose a las adversidades para encontrase con los otros dos en ese
lugar en el que nos educamos, nos encubrimos, nos emborrachamos, crecimos, nos
hicimos adultos, pero antes de ese fatídico improvisto del destino que nos hizo
crecer, tuvimos que soportar las decisiones de unos cuantos que quisieron
alejarnos, y yo tuve que entrar al salón de clase una mañana, con la cabeza
baja, el corazón ensanchado de miedo, las manos frías y los ojos tristes, tuve
que volverme un hombre en ese momento, levantar la mirada, verlos a ellos,
andar hasta mi lugar tomar mi morral, dejar ese lugar vacío,-- dije—me voy, se
cortó mi voz en un penoso espasmo, la garganta se me atraganto, me
sentí víctima de un estrangulamiento público, mis ojos soltaron las lágrimas
ineludibles y creí que los había perdido, que había perdido, que habíamos
perdido, pero claro, que va, yo no estaba perdido, un piojo desarreglado y
destrozado brinco justo en mi cabeza, se enredó en mi pelo me dijo que no me
perdiera, que tranquilo, que no era nada, que ahí nos seguíamos oliendo, y yo
no dije nada, me derrumbe como lo que era, un pobre zombi debilucho y luego
llegó el mono salve y lloramos por mi muerte simbólica, no lo recuerdo, tal vez
una hora y fue en ese momento cuando supimos que éramos tres buenos amigos,
supimos que seguiríamos con lo demás, que seguiríamos embriagándonos y recorriendo las calles de Medellín, estando
ahí, para esto, para todo, para ser los mejores sujetos en esta podrida ciudad.
Dedicado a mis dos buenos amigos.
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