martes, 2 de agosto de 2016

Los días buenos

Aún recuerdo el aroma de esas mañanas heladas que atrofiaban las articulaciones y hacían palidecer los cachetes que se veían en la penosa obligación de reunir pequeñas cantidades de sangre para darle finalmente un tinte colorado y payasesco a los rostros de mis amigos imberbes y claro, mi rostro no podía salvarse; pero hay unas llegadas al colegio que no logro sacar de mi memoria, siempre antes del alba, por un capricho de Medellín que se empecinaba en amanecer más tarde de lo habitual, oh recuerdo sentirme verdaderamente en mi hogar, las ventanas del salón se opacaban por el aire fresco que se posaba indiscriminadamente sobre ellas, el incesante chirriar de los bichos, la luz encendida y cálida que luchaba contra la inclemencia poderosa de la madrugada en las Palmas, ese era mi hogar entre mis seres más queridos, siempre podía acercarme a Alejo y decirle cualquier tontería o darle un pequeño empujón con mi hombro, ese golpe tierno que nos destruía los cuerpos mientras hablábamos de futbol o canciones de rock que nos daban la sensación de ser un mismo fluir de pulsaciones cerebrales y nos hacíamos dependientes en nuestros corazones y claro, de pronto veíamos un pequeño cuerpo de atleta prematuro y orgulloso tratando de vencer la helada de ese campo hermoso que era nuestro colegio en medio de un verdadero bosque , andando en sus dos manos por todo el salón  como un mono salvaje y ágil y recuerdo sentir una admiración instantánea por ese salvaje y al mismo tiempo; yo que siempre fui el más deprimente y perezoso del mundo; sentía que tal vez eso fuese demasiado para mí, nunca se me hubiera ocurrido intentar algo así y mucho menos si aún no amanecía, para mí siempre sería mucho mejor dejar caer mi cara ojerosa y cansada en el pupitre y mirarlo hacer sus proezas olímpicas.

Mientras esperábamos el turno de nuestro primer verdugo, no sé, sería el profesor de matemáticas, español, ética, daba igual cual fuese; nosotros levantábamos la tapa de madera de nuestros pupitres y encontrábamos ahí adentro una vieja latonería oxidada que guardaba durante la noche en medio de la oscuridad  un libro con canciones de misa, una biblia de bolsillo y tal vez un montón de exámenes que preferíamos no llevar a casa, para evitar en mi caso algún castigo innecesario y en el caso de Alejo y el mono salvaje, o como lo llamaron sus padres , Christi, tal vez los dejaban para evitar halagos empalagosos de sus viejos, aunque de eso no estoy muy seguro, no sé sí ellos preferían dejar sus exámenes en el olvido entre la palabra desgastada de dios y su pequeño libro de vanidades hechas música para su mayor complacencia o llevarlos a casa y recibir algún premio dulce una tarde de domingo, en la que saldrían con sus viejos a pasear, bueno, claro que el mono salvaje no pudo disfrutar por mucho tiempo de tardes familiares, pero eso es algo que a ustedes no les importa y no voy a contar nada de eso.

Aun no terminaba de amanecer y ya podíamos escuchar el ruido distorsionado que nos llegaba desde la sala de rectoría, justo en el momento en el que llegaba alguno de los profesores al salón de clase, había un parlante en la pared que sostenía el pizarrón, encima del cual estaba la efigie de un cristo moribundo y torturado en su cruz, del cual siempre nos contaron que murió por nosotros; agradezco su hermosa filantropía pero no debió tomarse la molestia; y un poco más arriba el parlante homogeneizador que daba rienda suelta a la voz suave y a la vez molesta del padre Daniel o cualquiera otro de nuestros guías espirituales, para ronronear entre el más estricto silencio y temor de dios, el ángelus, supongo que para iluminar nuestras mentes y abrirlas al conocimiento, pero si algo puedo decir es que con la mía no pudo, porque siempre estaba pensando en gambetas de futbol o durmiendo en mis clases, y gracias a la incompetencia de dios en su ángelus no recibí la debida educación popular de la mejor manera, a decir verdad, no sé cómo obtuve mi título de bachiller.
Y claro, siempre llegaba el momento del primer descanso, aunque a mí me pareciera una eternidad, y dejábamos los morrales colgados en el espaldar de los pupitres o debajo del asiento y salíamos a un gran patio que contaba al menos con cinco o seis pinos enormes que hacían las delicias a nuestros pulmones, cada uno en medio de un pequeño cuadrado de césped verde como ellos, y en la parte principal del patio un campo enchapado en adoquines pensado tal vez para evitar que nuestros pequeños cuerpos de niños jugaran libremente y así mantenernos en la más estática de las privaciones del cuerpo, para no caer en pecado, uno nunca sabe que pueden estar pensando estos curas pálidos que nos educaban; pero eso no fue un impedimento en nuestros primeros años, siempre apresurábamos tomar el desayuno y luego nos ayudábamos de cuatro piedras que puestas de a dos formarían las porterías y que disponíamos a una distancia justa para albergar al número de participantes del jugo, para no terminar cerrando las defensas más de lo que deseábamos, y así veía como Alejo desbordaba por las bandas con un quiebre singular de las manos o el Christi haciendo disparos locos como las caricaturas de los súper campeones y bueno, yo pensaba que podía ser algún crack brasileño o colombiano en el peor de los casos y sudábamos como para ganar alguna copa internacional.
Y así pasé los primeros años en el colegio. Los profesores que brincaban de salón en salón al tintineo de las campanas sintiéndose, supongo, unos verdaderos tutores, los guías del porvenir, como Bombermans adentrándose en cada cubículo que podían  y dejando sus pequeñas molotov de destrucción en nuestros cerebros.
Supe de mi educación el día que Alejo me confesó con el más hermoso gesto de su vida que él no confiaba en esa pobre educación, sí, porque este buen amigo mío además de buen futbolista, pensaba y puso en mis manos un pequeño libro; este triste niño perdido que dormía entre descansos y mantenía su pobre cabezota en estado de coma, recibió un buen regalo, estábamos cursando el octavo grado y mi fama de pequeño bueno para nada crecía sin piedad, claro, todos avanzaban, mostraban algún progreso en sus notas, recibían palmaditas en la espalda por parte de los profesores y yo, y yo nada, si acaso sería tema de discusión en la sala de maestros, o la burla de algún vanidoso entre mis compañeros, pero no Alejo, nunca el Christi, así que abrí el pequeño libro, sería un lunes después de algún descanso, y empecé a tener un motivo real para no dormir en clase, supongo que mis profesores no se atrevían a interrumpir mi nueva afición, pues nunca me mereció un llamado de atención o alguna falta escrita en el único libro que redacte en mi vida, El cuaderno de anotaciones(faltas al manual de convivencia).
Fue más tarde en mi vida cuando comprendí lo importante de ese momento en el espacio tiempo, mientras hacía crujir la mecánica de mi cuerpo, ese momento que salvó verdaderamente mi vida, algunos de mis compañeros de clase preguntaban qué carajos  pasaba conmigo, yo sólo me dejé sumergir en ese pupitre que para mí siempre fue un símbolo del tedio y lo transfiguré en una especie de oasis del placer.
Dos veces por semana generalmente los martes y jueves después del ángelus y antes de la primera clase, mis compañeros y yo salíamos por los pasillos que conducían hasta la secretaría y luego tomábamos un hermoso caminito entre tejados de barro y pequeñas columnas de madera que lo sostenían, en un descenso hasta una capilla pequeña que quedaba en el segundo piso de la construcción del seminario mayor, justo en frente del aula máxima y otras tantas veces nuestros pasos nos conducían a una capilla subterránea debajo de la capilla principal, que es una cúpula blanca que se puede ver desde cualquier morro del valle de aburra, Algunos días tenía la suerte mis sentidos de ver caer la lluvia en la piscina que quedaba al costado derecho del caminito que llevaba a la capilla y veía entre la alambrada que nos separaba del agua estancada cómo las gotas rebotaban en el diáfano líquido al tiempo que  el agua caía por los costados del tejado, imágenes que han quedado impregnadas y bordadas en mi corazón solitario.
 Nunca acolité ni una sola de las misas que recibí en el colegio y eso que se podía decir que fui un correcto católico, mis padres hicieron de mi un bautizado más y me llevaban a la misa dominical cada semana en la iglesia principal del barrio el salvador, con ese nombre que llevaba mi barrio como no iba a ser católico, pero es que sentía una especie de desprecio por los tontos hipócritas que se peleaban por ser el segundón del curita. Lo más excitante que viví en una de esas misitas para purificar nuestras almas, fue no asistir a una, cuando bajábamos camino a nuestro rutinario tedio en el templo de dios, alguna fuerza terrenal  y verdadera nos arrebató, recuerdo estar con Alejo y otros cuantos, pero no podría decir exactamente quienes eran, fue realmente una experiencia, sentía como si fuera un escapista verdadero y además un intrépido excursionista, divagamos por la estructura del Mayor, siempre percibiendo ese olor a incienso que no se separa de cualquier lugar donde haya una sotana, llegué junto con mis compañeros desertores a un bloque de habitaciones, donde duermen los acumuladores de semen, que luego serán nuestros guías espirituales; para nuestra fortuna la portada estaba abierta, una vieja puertezuela de vidrio y marcos de metal pintados de un azul corroído por la exposición a la intemperie, pujamos la puerta y descendimos unos tres pisos, hasta encontrarnos con una efigie del beato Marianito que daba miedo, a la izquierda de la estatua fisgona un pasadizo de habitaciones abandonado, sin revoque en las paredes y sin fluido eléctrico, mi corazón latía con fuerza, pero estaba con Alejo y otros de mis colegas desertores , así que superamos el primer instante de estupor colectivo y nos adentramos  en medio de una aprensión vaga pero siempre presente, anduvimos libres entre ese mundo de santos y acumuladores de semen, alguno de mis cómplices nos amilanó diciendo percibir algún espíritu carroñero, supongo, y volamos como desposeídos y temeros de dios por los pasillos oscuros hasta librarnos de las tinieblas del infierno y volver a la luz siempre divina y pacificadora, yo creo que eso fue el demonio, decía uno, yo creo que fue una tontería, afirmaba otro, yo no creí nada, solo corrí y sentí y temblé y supe que fue muchísimo mejor que asistir al banquete de dios. Logramos llegar a tiempo para juntarnos al grupo de los que habían recibido el cuerpo de cristo, claro que el curita nos pilló, nos increpó con la mirada, nos derrotó en la inquisición, pero por desgracia no fuimos descomulgados, al parecer no éramos dignos de tal privilegio o éramos unos herejes poco serios, de todas formas  no dijo nada, y pudimos volver sanos y salvos a nuestros asientos de primera en el tren de la educación.

En esos días tuve mi primera experiencia en un lugar sagrado, era la biblioteca Pio Xll, que quedaba diagonal a la cafetería de Aidé, una señora vulgar y divertida que nos colmaba de frituras grasientas y chucherías en los descansos y en la parte adyacente del Redentoris mater, otro salón enorme para reuniones extraordinarias. La bibliotecaria era una pequeña rana, de ojos saltones, bastante formal  y que tenía unos enormes senos para su diminuta figura, pero ese no fue el motivo por el que entré en  ese lugar antes ajeno, para decirles las cosas un poco más objetivamente creo que nunca presté ni un solo libro, sólo me tomaba unos minutos de mis descansos para pasearme entre los estantes atiborrados de libros, mi cabezota aun no podía distinguir entre una buena lectura o una mala, creo que no hubiera decido, habría tomado el primero, tal vez por lo especial de la pasta o su diseño, de todas formas entraba por ese pequeño corredor hasta llegar a una salita medianamente amplia, pero estrecha por las mesas de estudio un poco exageradas en tamaño, doblada a la izquierda y subía hasta un segundo piso tipo mezanini , dividido por dos estanterías de libros en la mitad y otras dos en cada extremo de la pequeña habitación, me paseaba y tocaba los libros, los olía, daba pequeñas leídas furtivas para terminar descendiendo y juntándome con mis viejos amigos en unas banquitas, que estaban dispuestas de manera que formaban una ele, y que estaban al lado de una virgen que escuchaba todos nuestros sueños de adolescentes o que era testiga de lo que callábamos, aunque ahora sé, que de todas maneras ella nunca hubiera podido decir nada, porque era sólo un montón de piedra y nada más.

Allí pasamos la segunda parte de nuestra vida colegial, entre esas bancas hermosas de una madera fina y hierro forjado, y ahí estábamos el Christi, Alejo que era un pequeño piojo risueño, Parra un gigante deforme y violento que hacías las veces de gobierno totalitario, aunque a nosotros los fundadores no nos importara, sabíamos que alguien debía imponer orden y para eso necesitábamos fuerza y el mostro de cabeza picuda era esa fuerza, y claro, necesitábamos diversión, que sociedad no la necesita y para eso teníamos a nuestro pequeño bufón, aunque muy respetado y querido, tenía una mirada de psicótico perverso y una lúcida memoria en la que almacenaba todos los cuentos más graciosos que pudiera encontrar  en los shows de comedia que pasaban todos los sábados en los canales nacionales, así íbamos creciendo, tal vez las bancas fueron una herencia dejaba por el grupo de mi hermano mayor, ese hombrecito hermoso que siempre ha llenado de goce mi vida, a falta de la presencia de un dios que cuidara de mí, siempre ha estado él ahí, con una mirada dulce y alcahueta que me quiere y guarda de todo mal, pero él tuvo que dejarme sólo en aquel lugar y tuve que hacerme a mi propia comunidad y a mi propia defensa, pero que va, siempre he sido demasiado frágil para eso y terminé fortaleciendo mi vida al lado del piojo risueño y del mono salvaje y la otra horda de animales silvestres que quisieran posarse en nuestro campo de libertad, excepto en con algunos animales que considerábamos tenían un olor más nauseabundo que el nuestro, como ese cerdito llorón que padeció la indiferencia y crueldad de unos adolescentes  descuidados y tontos como cualquiera otros .

Tres títulos en micro futbol, dos subcampeonatos en futbol y un título, y los encuentros con nuestros verdugos los martes y jueves en el largo corredor de asfalto que era como una gran alfombra de cemento entre la cúpula y el teatro, creo que nunca antes un equipo perdió tantos partidos en la historia del futbol como el nuestro, claro, las excéntricas y egoístas pretensiones del Christi, que apenas sus pies tocaban el balón era lo mismo que darle una señal a sus ojos de clavarle una mirada violenta al asfalto y tomando la actitud de un toro desbocado y ofendido cruzaba a lo largo de la cancha improvisada con la única intensión de volarle la cabeza a una especie de gorila bocón, que se plantaba en la portería de nuestros rivales y que nos impedía cada intento de marcar un gol, así pues nuestro equipo quedaba reducido a un arquero que cada tanto nos traicionaba con un autogol, ese era el bueno del Che, y a lo que podíamos inventar entre las combinaciones mágicas del piojo y el zombi ojeroso que era yo, un pobre, frágil  y lánguido muchachito que creía jugar el mejor futbol del mundo pero que estaba en el peor equipo de todos.

Teníamos nuestro momento para crear escenarios de caos, un desorden cómico y espontaneo sucedía en el corredor principal del baño, un salón bastante grande que se repartía entre duchas y orinales a la izquierda y retretes a la derecha, cada tanto, luego de la jornada deportiva tomábamos una ducha, nos acicalábamos un poco, yo aguardaba para darme un último sueño en la clase que me esperaba, pero claro, cierto día entendimos que no debíamos ser los primeros, que siempre podíamos quedarnos tirados un rato hablando de lo mal que jugamos, nos sentábamos recostados contra la pared que daba frente a la entrada del baño y mientras esperábamos que las duchas se vaciaran nos dábamos la buena vida, no estoy muy seguro de como sucedió en primera instancia, supongo que algún alumno desafortunado fue el primero en caer, todo por las peripecias mojadas que puede provocar la ducha de 150 deportistas del más bajo nivel conocido, sólo recuerdo ver caer a alguien justo en nuestras narices y provocarnos un delirio risueño, y claro, éramos unos malvados y quisimos intencionadamente hacernos los verdugos de todos, así que no sólo mojamos el corredor, además lo volvimos una pista enjabonada y verdaderamente extrema, que nos dio las delicias de unas cuantas tardes, al ver caer uno, dos, tres y muchos otros tantos en frente nuestro y siempre podíamos hacernos los preocupados o simplemente soltar las carcajadas más sínicas que cualquier victima pueda escuchar.

Fue un flujo de casualidades el que me llevó a estar cinco años entre montañas en el mejor lugar posible, la misma casualidad irresponsable que me hizo nacer, la misma casualidad que hizo que este pobre primitivo se adhiriera a otros salvajes anacrónicos, perdidos en este tiempo pobre y hostil, desgastado por el espectáculo triste que se ha tomado la vida de todos los seres de esta Medellín avanzada y pasmosa, que nos come los días, que te mata de tedio si la dejas avanzar, esta Medellín que se olvidó de ser primaveral y se volvió adulta, lerda y demasiado seria para mí que soy un vagabundo de historias.

Pateamos, corrimos, hicimos goles, nos hicieron muchos, estudiamos, no estudiamos, nos hicimos los vagos, recuperamos notas, dormimos, uno de nosotros leyó a Nietzsche en la cúpula hedionda y blanca y orinó el cuerpo de cristo, eso obtuvo por querer salvarnos a nosotros que no necesitamos ser salvos de nada en este mundo, como no sea de caer en las manos de los tontos satisfechos y honorables, en las manos de los paisas verracos y católicos, dos de nosotros profanaron el parlante del ángelus con hermosas canciones de rock, uno de nosotros caminó largas trochas, sobreponiéndose a las adversidades para encontrase con los otros dos en ese lugar en el que nos educamos, nos encubrimos, nos emborrachamos, crecimos, nos hicimos adultos, pero antes de ese fatídico improvisto del destino que nos hizo crecer, tuvimos que soportar las decisiones de unos cuantos que quisieron alejarnos, y yo tuve que entrar al salón de clase una mañana, con la cabeza baja, el corazón ensanchado de miedo, las manos frías y los ojos tristes, tuve que volverme un hombre en ese momento, levantar la mirada, verlos a ellos, andar hasta mi lugar tomar mi morral, dejar ese lugar vacío,-- dije—me voy, se cortó mi voz  en un penoso  espasmo, la garganta se me atraganto, me sentí víctima de un estrangulamiento público, mis ojos soltaron las lágrimas ineludibles y creí que los había perdido, que había perdido, que habíamos perdido, pero claro, que va, yo no estaba perdido, un piojo desarreglado y destrozado brinco justo en mi cabeza, se enredó en mi pelo me dijo que no me perdiera, que tranquilo, que no era nada, que ahí nos seguíamos oliendo, y yo no dije nada, me derrumbe como lo que era, un pobre zombi debilucho y luego llegó el mono salve y lloramos por mi muerte simbólica, no lo recuerdo, tal vez una hora y fue en ese momento cuando supimos que éramos tres buenos amigos, supimos que seguiríamos con lo demás, que seguiríamos embriagándonos  y recorriendo las calles de Medellín, estando ahí, para esto, para todo, para ser los mejores sujetos en esta podrida ciudad.


Dedicado a mis dos buenos amigos.

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