sábado, 10 de agosto de 2019

El ojo dictador.


Dominio de autoridad moral, y con dominio me refiero a esa palabra leguleya que significa derecho de propiedad y no a la más docta y disciplinada gestión de sus impulsos mediante el raciocinio y la introspección de los actos propios y observados que nos llevan por el camino menos tortuoso tanto para uno como para los demás ( y aquí incluyo animales de toda índole desde bichos hasta humanos) y es que pretendo salvarnos del dominio público de los mass media, de las tendencias o de todo lo políticamente correcto que sólo sabe imponer como dictador enloquecido pautas de conducta.

Que a través de la historia estas pautas han cambiado o se han impuesto según la evolución natural de los pueblos, creencias, religiones lugares físicos que con sus rigores climáticos han terminado por imponer sus leyes a costa de sangre. frío y sudor. La historia moral del mundo ha sido tan diversa como pueblos, lenguas, y personas han pisado esta tierra que sólo por ahora, este espacio temporal que nos ha tocado vivir, es nuestra.

Y ha tomado tiempo para cada una de esas personas pertenecientes a cada comunidad, secta o lo que mejor les parezca o en su defecto hayan nacido dentro de ellas sin posibilidades de renuncia; ha tomado tiempo conformar una idea , vivirla y protegerla, conservarla y darla en herencia como una virtud tal vez, lo cual no las deja exentas de locura pero siempre expuestas al dialogo con lo opuesto, con lo otro, con el pueblo de al lado, con sus propios corazones solitarios que podían gemir en lo más profundo de sus entrañas, diciendo o sintiendo que no estaba bien ese supuesto bien supremo que había aprehendido desde sus primeros años de vida y al final te quedaba o les quedaba la sedición, la unión con otros corazones que palpitaban igual o más fuerte que el suyo propio y así dar comienzo a algo nuevo a otra forma de ser y de sentir y de relacionarse con su entorno y sus frutos y dar forma a nuevos mundos y sociedades y era evidente que el ejercicio de la moral servía como base para construir imperios, ciudades, estados y familias, grupos de amigos y relaciones amorosas que podían ser en sí mismas un entramado de códigos conductuales tan diversos que si acaso y por las dudas era posible sentir la ilusión de la libertad.

Y ahora, ¿qué nos queda? Un dictador global que impone rompiendo los cursos naturales del tiempo y el espacio, por igual y sin discriminación, de una manera democrática y justa mes a mes, día a día la orden tácita de una manera correcta, de un imperativo social, emocional, afectivo, esa voz dice, como un gran hermano que nadie puede siquiera suponer, la manera correcta de amar o de olvidar, la manera correcta de cantar o de qué cantar y cuándo y dónde, y la manera perfecta de vivir( cómo comer, cagar, follar, trabajar, aprender, etc, etc, etc ) un dictador que se alimenta de nuestra más notable debilidad, las ganas inmensas de ser valorados, pobres de nosotros buscando consuelo día a día en los ojos del gran hermano, sedados por el Soma publicitario de este mundo feliz, global, demencial olvidado por completo de la negatividad que supone lo opuesto. Vivimos la apariencia no la vida, intentemos lo imposible, demos marcha atrás voluntariamente hasta el punto en que cada uno tenía o mantenía viva la ilusión de la libertad, y así vivíamos y así seguíamos.  

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