El sonido tenue casi moribundo de la noche se adentra entre sus huesos con la corporeidad de su aire helado como la muerte. La doncella duerme intranquila, sueña desesperada que su caballero ha enloquecido y ha partido hacia el desierto árido de su mente vacía de contenido. El hombre petrificado por la helada caricia de la noche que lo arropa con cariño maternal hasta reducirlo a la tierna infancia se yergue frente a la ventana y observa sus días venideros. No los soporta pues ya los conoce, los sabe todos de memoria aún siendo imposible denotar el futuro. Camina lento con la mirada estática como congelada en un punto de la historia que preferíamos olvidar, por despiadado, así de horrible se ve la mirada estrábica de este hombre. Horror absoluto, desliza su mano sobre el interruptor de la luz y el interior de la morada se une a la oscuridad taciturna que canta susurrada las vacilaciones conocidas del futuro de este hombre. Golpea suavemente la puerta de la habitación donde ella sueña que es una doncella desesperada por la inevitable locura que ha diezmado a su caballero. La ve luchar desesperada bajo el abrigo tibio de las sábanas. Piensa que todo está decidido. El caballero ha olvidado su nombre, no reconoce el reflejo pálido, lívido como la luna que se le aparece en el fondo del pozo. Mira al cielo pletórico de astros luminosos, pero ya su mente se ha vaciado por completo, es un no hombre y nada más. El golpe ha servido para entreabrir la puerta de la habitación, un vaho cálido como de añoranza o esperanza le golpea el rostro con premura pero lento, envolviéndolo por completo, atrapándolo en un torbellino tierno con aroma a cuerpo reposado, a sudor incipiente de noche recién comenzada. La oscuridad es total, negrura densa que sus ojos rompe con esmero de explorador. Las pupilas dilatadas rebuscan con el tacto la imagen de los objetos que se apremian como obstáculos. Tropieza con unos zapatos que su memoria no tenía la obligación de recordar. La niebla espesa de la oscuridad se empieza a diluir en grises claros, la luz se filtra por los intersticios de la ventana como recién evocada por un dios creador que la hubiese puesto allí para su criatura amada. Su cuerpo cae dócil en la cama en la que se hunde hacia las profundidades insondables de su mente. Ella jadea quedamente, aspira bocanadas diminutas de aire a una velocidad inusual para un cuerpo en reposo. Qué soñará, qué la aqueja. Un pensamiento más que se adentra en medio de su mente atormentada por un futuro consabido. Una vela etérea se enciende en el vórtice que dobla el techo y por donde desciende la pared lívida enrarecida por la oscuridad donde se reflejan los objetos más insignificantes creando sombras inverosímiles de seres espectrales. A la luz de la vela el hombre piensa que la noche es un buen escondite para su mediocre pulcritud, su domesticación elocuente narra las vicisitudes de un buen hombre que ya sabe todo lo que es y será su vida. La doncella gime susurrante sentada en el borde del pozo donde fue visto por ultima vez el caballero con la mente vaciada de contenido. Un hombre viejo que suele arar la tierra de día y que no logra conciliar el sueño de noche lo avistó tras las ventanas desgastadas de su rancho. Mira con ternura a la doncella sin atreverse a decir absolutamente nada más. Ella comienza a derramar lágrimas que inundan las sábanas con ansiedad, es tanto el líquido salino que brota de sus ojos hinchados que de golpe el hombre atormentado por su futuro se siente naufragar en un rio salado con pececitos de colores bordeando sus cuerpos. Se siente flotar en ese mar de lagrimas. No habrá roto ese sueño algo irreparable en el interior de la mujer, se decanta la vida, huye despavorida del alma, del cuerpo y de los ojos, no quiere saberse el hacedor de ese llanto. La llama etérea se extingue lentamente, sabe que la luz es tan fuerte como su resistencia al estupor onírico. La llama morirá con su cuerpo vencido por el sueño. La doncella cae mareada en el borde de piedra del pozo, si no tiene cuidado caerá al abismo oscuro que la atrae con toda la fuerza de la nada absoluta. El caballero que ha partido con la mente vacía de contenido no sabe absolutamente nada acerca de los últimos acontecimientos perpetrados por él como es de esperar en un hombre que se ha vaciado todo por dentro, ahora es solamente carne, huesos y sangre y un corazón palpitante, como un motor eterno que funciona sin combustible, que nunca se detendrá y que continuará andando hasta el día en el que el horizonte ardiente del último ocaso de su vida se lo trague para siempre. El hombre lucha por no ahogarse en el pantano salino de sábanas impolutas, que ella ha lavado con tierna devoción mientras el hombre cumplía su horario laboral. Se salva al fin de las aguas movedizas y se yergue descompuesto, yuxtapuesto a la cama, sudoroso y decrépito, consumido al fin, se acerca a la ventana eludiendo los obstáculos, estos sí los sabe pues fue él quien los puso ahí. Mira la calle desierta. El pánico es dueño de su vida, le teme a todo. Teme que de repente un vagabundo se cruce en su mirada. Teme que la lluvia arrecie, que los relámpagos conviertan la noche en día. Teme a la oscuridad. Teme que haya hombres y mujeres muriendo en cualquier lugar de esa ciudad demente. Vaya, le teme a los hombres y a sus invenciones, todo cuánto hay ahí afuera le produce pánico, terror, horror. Ella se sobresalta de nuevo, él devuelve la mirada por un instante, la mira mientras la luz amarillenta del alumbrado público ilumina la mitad de su rostro, qué soñará, piensa aprensivo. La doncella se ha desmayado y el viejo no ha podido retenerla. El pozo no es muy hondo, pero sacarla no será fácil, solo no podrá, qué hará si la noche es larga y todos duermen. El viejo trae una vela para alumbrar el pozo, seguro no se ha hecho daño, pero debe cuidar que no la ataquen los roedores. Despacio, muy lento deja la bóveda petrificada, recalcitrante, sudorosa que es el lecho marital que comparten él y ella, por supuesto su sueño es pesado como una piedra caída del espacio hace eones y que ahora tiene capas y capas de sustrato terroso recubriéndola en su base. Parece yacer desmayada, inconsciente más que dormida, piensa él en el último instante antes de dejar la bóveda marital. Y es ahí cuando lo asalta la idea impertinente de huir. Hacia dónde, si afuera todo es hostilidad, y adentro, qué es todo aquí adentro, se pregunta, quietud, tal vez. Acaso tus ancestros no eran salvajes que dormían a la luz de la luna, atacados muchas veces por demencias lunáticas que derivaban en lanzamientos despavoridos por acantilados que se tragaban su locura? Una cueva, eso es, piensa que una cueva es hacia donde debe partir.
El latido de su corazón se hace cada vez más sonoro, como en incresendo los tambores del ritual de una tribu antropofágica que dora; extasiada por el aroma carbonizado de la piel; los cortes de carne desmembrados con cautela y salvajismo, los ojos desorbitados por la inminente recompensa que dispara sus segregaciones salivares hasta hacerlos babear como perros rabiosos, emulando esa emoción su corazón golpea con furor su pecho que ya no parece poder retenerlo un segundo más.
Cree escuchar el latir de ese órgano vital. Está como embotado por las emociones, no sabe como controlar la ansiedad. Y todo su cuerpo tiembla despavorido. Se desarma su esqueleto. Se desajustan las neuronas. Al fin se le nubla un poco la visión y siente que si no sale ahora mismo de la bóveda marital perderá la conciencia para siempre. Mira el radio reloj que era de su abuelo, puesto impecablemente sobre una funda de croché que le regaló su abuela. Las 2 de la madrugada en punto. La doncella abre los ojos al fin y siente la desorientación fangosa y húmeda del pozo. Ve una vela que irradia una luz tenue unos dos metros más arriba. Gime de dolor, se ha roto una pierna. Llora de tristeza y de dolor. Llama desconsolada a su caballero. O al menos al hombre que ella sueña sea un caballero que luche contra todo, dragones y enemigos para salvarla y amarla. Solo se oye una voz áspera ahí arriba que le pregunta: se ha hecho daño. El hombre ve como su mujer se balancea de un costado a otro de la cama. Algo grave debe estar sucediendo en sus sueños. No cesa de llorar y gemir y al final grita, grita tan fuerte que parece imposible que no se haya despertado. El hombre siente el cuerpo helado y tieso, ese grito ha roto la niebla de sus ojos. Vuelve a reconocer los contornos de la habitación, los claro oscuros de las formas ya sabidas y consabidas. Su cuerpo sigue incontrolable, tiembla como un epiléptico y comienza a caminar. Despacio toma el morral que usa cada día para llevar el alimento del cuerpo, solo que ésta vez será un morral de viaje hacía la vastedad de lo desconocido. Dos camisas, un suéter y un jean además del que lleva puesto. Su novela favorita y unos cuantos calcetines.
Cierra la puerta de la bóveda marital con una lentitud que podría tomarle horas. Pero piensa que no hace mucho ha gritado en sus sueños y no se ha despertado. Toma un último suspiro, retiene el aire por un momento, el momento justo para dar el golpe definitivo, aquel que lo liberará para siempre de la opresión en la que vive. Qué sentido tiene vivir el mismo día una y otra vez. Amanece y las verdes praderas reverdecen con los rayos del sol, la doncella sigue en el fondo del pozo al cuidado del viejo que se ha quedado a luz de una tea, toda impregnada de resina inflamable y hecha de una madera gruesa y vieja de esas imposibles de apagar. La doncella gime desconsolada pues siente que ya será imposible alcanzar o dar con la pista de huida del caballero que se ha vaciado de contenido en su cabeza. Con los primeros rayos de luz aparece un pastor en el camino al que el viejo pide ayuda para sacar a la doncella de la profunda oscuridad en la que se encuentra. Le tiran una soga de cabuya atada en la parte de arriba a dos bueyes robustos y saludables que tiraran con fuerza una vez la doncella se haya agarrado con todas las suyas. Y así sucede al cabo de dos o tres intentos fallidos. Ya está, al fin ha puesto los pies sobre el asfalto gris y desolado de la madrugada, siente el terror de lo desconocido y retrocede unos pasos, se agarra trémulo a la baranda que cerca los tres escalones que debe descender para dejar atrás la puerta de su casa. Miles de años se aferran a él de una manera cultural y pegajosa como una trampa viscosa y putrefacta. El viejo le ha dado una taza con café y un buen pedazo de queso con pan recién horneado por su mujer, la doncella está sentada en el césped, mirando al sol que cada vez es más grande, subir a lo lejos en el oriente. La pierna rota y el corazón abandonado como un viejo esqueleto de pescado tirado a la orilla de un rio. Pero decide saltar, uno dos tres saltitos para vencer el temblor, se lleva la mano hacia el interior de su camisa, la desabotona y se encuentra con el viejo escapulario, que lo protege de todo mal. Se aferra a él con todas sus fuerzas y comienza a llorar pero de una manera lúgubre y calmada, como cuando es el final de algo y las lágrimas son la redención más que el dolor. Y tira fuerte, todos los pequeños gránulos del escapulario se derraman por el suelo, causando un ruido estridente pero casi imperceptible, acaso mortal para un oído biónico, pero para el resto del mundo apenas un molesto estorbo. Como ese cristo final que ha quedado en sus manos: un estorbo y nada más. Camina con furia y elocuencia empuñando al cristo hasta sangrar, cómo puede cuidar de él, cómo podría enfrentar al mundo si siempre ha dejado todo en manos de un hombre-mito. El terror a la vida es el amor al cristo. Y lanza con asco y lleno de sangre la crucecita de madera a las cloacas inmundas del rio. Casi corre como un demente sin rumbo, sintiendo que no es necesario un destino y que no es necesario vivir con precaución, que si algo es un pecado es el terror a la vida. Y cae al fin, luego de tres horas de actividad intensa en un estado de quietud absoluta. Ha visto a un hombre dormir en algo parecido a una gruta bajo un puente a un costado del rio y lo dignifica, lo glorifica como un hombre libre. Se acerca con cautela, pero sin miedo y se hace un espacio en medio de la cuevecilla. No tarda tanto tiempo antes de ingresar al mundo de los sueños. Sueña que es un caballero que ha salvado una última batalla con un dragón descomunal y sediento vuelve a casa a ver a su doncella que jadea desesperada en medio de un sueño terrible. La despierta con un beso. Ella lo abraza desconsolada pues soñaba que él había perdido el juicio y había huido con la mente vacía de contenido. En ese momento ella se despierta en medio de la madrugada fría y taciturna y siente las sabanas tan húmedas que parecen mas una laguna que una cama y pesadas como si estuvieran cargadas de sal, y a su lado falta él.









