Esa tarde todo debía estar
preparado para la noche aquella, la que intuíamos cada temporada pero nunca
llegaba a concretarse porque los de la federación parecían no acatar las nuevas
propuestas del ente rector del fútbol mundial, pero justo esta tomaba
decisiones que iban a terminar perjudicándonos, el Académico F.C no había traído
ni un solo refuerzo y todo solo podía salir peor que la anterior liga.
Desde muy chicos todos nos
juntamos con algo de rebeldía y estupidez por qué no; así fuimos todos en esos
tiempos decisivos de nuestra adolescencia; a escuchar la radio, imaginar las
gambetas que bien sabía definir El ilusionista Gaviria con su voz portentosa,
suave y lírica, con más de ensueño que de realidad palpable, a soñar con la
primera estrella del club.
Crecimos como suelen hacer todos,
pero con una marca distintiva que los demás no terminaban de creer, de comprender
el por qué elegir esto si podíamos haber elegido lo mismo que ellos, tan
seguros de contener al mundo en sus vitrinas, atiborradas, repletas de gloria,
y a cambio terminamos siendo rivales de nuestros amigos, reunidos cada tarde,
inventando las más grandes gestas que ha dado el fútbol, la pecosa, grabando la
voz mágica del Ilusionista Gaviria en el master del club, forjándonos un
destino muy cerquita del equipo nuestro, terminamos contando la historia del
club junto al Ilusionista Gaviria.
Cada domingo nos reuníamos desde
temprano en la sede a tomarnos unas cervezas y leer unas cuantas propuestas por
si las cosas no salían bien en la tarde con el Académico, unas gambetas de más,
y a seguir acrecentando la leyenda del Puma de los Andes, Rafa Belluschi un
patagón venido a menos en tierras argentinas que luego de haber desistido del
fútbol fue rescatado por el gran Pachito Fuentes en una excursión como ojeador
deportivo por el país gaucho, se topó con unos tipos que jugaban en un potrero
por puras ganas de estrechar amistades, vivir la felicidad del fútbol, y
olvidarse de las obligaciones absurdas y cotidianas en las que quedaron sumidos luego del fracaso
que supuso no haber entrado nunca al equipo de primera, luego de tantos años
pateando una pelota y viviendo apenas para lo del bus, si acaso y un poco más.
Y esa noche de tensión pura, de
nerviosismo extremo, nos jugábamos todo, el orgullo, la permanencia en primera,
ese año empezaba el descenso y ahí estábamos reunidos, contando la historia
alternativa, los cuatro goles del Académico a nuestro rival eterno, tres del
gauchito y un cabezazo soberbio del Gato Vélez, el cancerbero traído de los
mismísimos infiernos, para subirnos en el marcador 4-3, la gloria, El ilusionista Gaviria despachado
en poesía y éxtasis, no podíamos contener la emoción, habíamos elegido mi
relato por dramático, como un intento por opacar lo más que se pudiera una
tragedia tan insoportable, abrazados llorando la catástrofe que solo la poesía
podía salvaguardar un poco, pues jugaríamos en la B el año próximo.
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